sábado 3 de octubre de 2009

Presentación de "Interdit de memoire" el 25 de septiembre del 2009, en el Centro Gallego de Saint Gilles.


Se editó la versión en francés de la novela de Ana Fernández, "Fragmentos de una memoria" con el título de: "Interdit de memoire" Editiones Luc Pire.

El libro se puede adquirir en la FNAC, Tropisme, Cook & Book y todas las grandes librerías de Belgique.




lunes 31 de agosto de 2009

Encuentro con Carlos Fuentes le 29.03.09

Graciela, Ana y Marcela esperan al resto del grupo.

Un grupo de integrantes del Taller ( Norma, Sylvia, Marcela, Hilde, Ana Nora y Joël) después de la conferencia de Carlos Fuentes se disponen a entrevistar al escritor.


Ana Fernández y Carlos Fuentes conversan animadamente.
En segundo plano, Sylvia Reyes de la Embajada de México.

Ana presenta a C. Fuentes los integrantes del Taller.

Carlos Fuentes felicita al grupo por la iniciativa de participar a un taller.

Carlos Fuentes dedica un libro a Ana Fernández.



Dedicatoria de Carlos Fuentes.


Conferencia.



LA VOZ EN VIVO DEL ESCRITOR




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Nuevamente el Taller presente en las actividades de la Casa de Higuera, 15 mayo 2009.

Almudena Martín Crespo, integrante del taller "La Marmita" es invitada por "La Casa de la Higuera" a leer algunos de sus poemas.


Cierto: la verdad es un armario lleno de sombra
(Antonio Gamoneda)

La Casa de la Higuera / La Maison du Figuier
Abre sus puertas al misterio
el viernes 15 mayo 2009 a partir de 19h
en el café l'Imagin'Air, 6 place Fernand Cocq à Ixelles*

ENTRADA GRATIS
19h: acogida, restauración posible / 20h: comienzo del programa

1) Descubrimiento del poeta español Antonio Gamoneda (Premio Cervantes et Premio europeo de literatura 2006):
- Bosquejo biográfico (por Joël Vanbroeckhoven),
- Una poética: la vida en el espejo de la muerte, ideas seleccionadas (leídas por Pierre Ergo),
- Selección de poemas de Gamoneda: lecturas en ES (Ana Fernández), NL (Joël Vanbroeckhoven) y FR (P. Ergo).
-
2) Autores invitados:
Dulce Kugler (textos novelescos, ES)
Serge Noël (poemas, FR)

Música: Olivier van Helden (canción francesa, guitarra/piano)
Gustavo Gómez (poemas, ES)
Catherine Pozzi (poemas, FR)

(pausa bar)
Almuneda Martín Crespo (poemas, ES)
Pierre Ergo (poemas, FR)
Ana Fernández (prosa poética leída por Marcelle Collin, FR)

Música: improvisaciones por "Duc" Charly Kovach (harmónica/guitarra)
y Eddy Loozen (piano)

…y otras sorpresas del armario en función del reloj
* Place Fernand Cocq: bus 54 et 71; Porte de Namur: métro ou bus 34-64-80.

Almudena Martín Crespo.

Catherine Pozzi.

Marcelle Collin y Ana Fernández.

Eddy Loozen, "Duc"Charly Kovach y Coco Kunik

Momento de improvisación.



Los hermanos Van Helden.

el poeta Pierre Ergo.

El poeta Gustavo Gómez.

Invitado especial, el poeta Serge Noël.



EL PÚBLICO







jueves 20 de agosto de 2009

Ana Fernández y Sylvia Fernández, participan en un homenaje a Salvador Allende, en la comuna de Evere, 16. marzo del 2008

Un aspecto de la sala Toost de la comuna de Evere.

El público. Al fondo Saidi Fathiha, organizadora del homenaje.

En primer plano Marcela Saavedra, otra integrante del taller La Marmita.


Ana Fernández se dirige al público con palabras alusivas a la personalidad de Salvador Allende.

Ana lee algunos de sus poemas.

Coco Kunik interpreta algunos tangos.

Coco Kunik acompaña con el clarinete el recitado de Sylvia Fernández.

Sylvia recita uno de sus más emotivos poemas.


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domingo 16 de agosto de 2009

Palabras de Ana Fernández en el acto de presentación de los TOCOCUENTOS, 30.05.09



Agradezco el inmenso privilegio de poder presentar los Tococuentos en este acto.
Digo, privilegio, porque no soy de Tocopilla, ni soy chilena, aunque llevo, desde hace muchos años a Chile en el corazón. No sé porqué, quizá por su gente, pero sucedió así, tan simplemente, como canta el Gitano Rodríguez.

A través de los TOCOCUENTOS, entré en la pequeña ciudad y caminé sus barrios, amé sus rincones, respiré sus plazas y recordé aquellos juegos infantiles, que compartí en otra tierra y en otros barrios, pero que nos unen como puentes mágicos.

Desde la plaza Condell vi el puerto con sus gaviotas y sus olas y como dice poéticamente, Verónica, contemplé sus viejos lanchones abandonados como islas de pájaros marinos.
El puerto se impuso en mi memoria con sus olores a pescado frito y caldo de congrio, con sus trabajadores, barcos y marineros trayendo canciones de mundos lejanos.

Los atardeceres en la playa, también regresan en la evocación. Anécdotas y relatos que dibujan sonrisas o provocan lágrimas. “Lágrimas de hombre ya agotadas de tanto usarlas”, escribe Verónica, refiriéndose a Hugo, uno de sus personajes.

Veo la escuela, las calles, voy a los bailes y grito en el fútbol o el básquetbol.
Las fiestas populares me atraen por su colorido y la expectativa me gana cuando de elegir la reina de la primavera, se trata. Me apasiono por las historias de amor y las leyendas. Percibo los cines que ya no existen, y el primer ferrocarril de Tocopilla a Toco. Tomo la micro y hago un viaje corto y otro más largo atravesando el desierto, y muchos nombres quedan cantando en mi memoria:
Villa Covadonga, Comanchaca, Chuquicamata, Calama.

Me parece ver los personajes típicos e inolvidables rememorados en tantos relatos que leemos en TOCOCUENTOS.
Sin olvidar por justicia, a aquellos hombres y mujeres que conocieron la mina y los vientos del salitral. Aquellos postergados que se acomodaron a la realidad soñando un horizonte mejor para sus hijos e ignorando el dolor del sacrificio inventaban la alegría.

“Hacia dónde lleva el salitre?”, se pregunta un personaje de Verónica.

Conozco a los que permanecieron cuando el mundo se derrumbó, a los que partieron y hoy escriben su nostalgia. A los que regresan, en cualquier momento, porque Tocopilla los llama desde su corazón y al llegar se preguntan como otro personaje de Verónica: “Seré un alma en pena o un árbol sin raíces junto a los otros habitantes?”

Yo nunca estuve en Tocopilla, pero la conozco a través de todos aquellos que escriben y la van contando y me invitan a amarla.
Tocopilla es para mí algo real y algo irreal, es sueño, nostalgia y leyenda, es algo así como mi propio Macondo.

Tocopilla es en TOCOCUENTOS, el amor de los tocopillanos hecho relato, porque cuando tenemos algo importante para contar, la palabra surge y se hace letra y testimonio.
No quiero terminar esta evocación sin referirme en especial a mi amiga Verónica Poblete, que ha escrito para la revista, tres hermosos cuentos, porque en Verónica, la letra se convierte en poética y la realidad, a veces cruda, en lirismo. Sus tres cuentos: “La casa vieja y azul”, “La vieja y la niña y “Hugo” , trascienden el simple relato o la anécdota y se convierten en cuento, sin dejar de ser testimonio. Ella sabe entrar en la piel de sus personajes y, por ejemplo, narrar los hechos desde la mente de una niña y convocar los duendes y la emoción, cito de “La vieja y la niña”: “Ahora ya no queda nada, todo se fue con el fuego; las cartas de amor, las fotos y su pasado. {...} Fue entonces cuando comprendí que yo estaba triste por la muerte de Lastenia.”

Logra la misma magia en: “La casa vieja y azul”: “La curiosidad y yo crecimos juntas, fue así que poco a poco, escalando la escalera descubrí que los hoyos de las calamitas del piso bajo de la casa eran más grandes que el techo entero... Por allí deambulaban los gatos que dejaban sus excrementos emblanquecidos por el sol y la sal del mar”.
Más adelante escribe: “ Han pasado muchos años desde esos tiempos {...}, de mi familia quedamos una tía, yo y la memoria de la casa”. ¡Qué bella síntesis para evocar la nostalgia!

Por eso, hoy quiero decir a Verónica, que como amiga y escritora, he vivido la emoción de ver surgir poco a poco una nueva escritora.
Quiero aprovechar esta ocasión para decirle a Verónica, aunque se enoje, la admiración y el respeto que siento por ella, por su empeño para domar las palabras y por su trabajo constante para darle, a la expresión, su cualidad más bella.
Ana Fernández.




lunes 10 de agosto de 2009

Presentación de los TOCOCUENTOS, 30 de mayo 2009 Latinns Amerikaanse Federation, Amberes.

Patricia Veliz se dirige al público con palabras alusivas a la colección Tococuentos. Luego explica como surgió la iniciativa de presentar las revistas, a la ocasión de la salida de la N° 6 con otro cuento premiado de Verónica Poblete. Para finalizar su intervención, ella presenta a la escritora Ana Fernández que tendrá a su cargo el honor de abrir el acto.



Ana Fernández lee un texto que ha escrito para esta ocasión, en donde hace referencia a Tocopilla, a la colección de revistas y a su amiga Verónica Poblete, (integrante del taller La Marmita), quien ha sido premiada varias veces y cuyos cuentos ha sido publicados en dicha revista.
Ana hace mención, en esta ocasión, a la meritoria trayectoria
de Verónica como escritora.

Ana se dirige al público y en especial a Verónica a quien desea rendir un homenaje por su coraje de vida y su esfuerzo en rendir, cada día, más bella la palabra.

La pintora argentina....... autora de los cuadros que decoran el lugar, explica el significado de los mismos.



a) Tocopilla contaminada por el humo.


b) En el segundo cuadro, el humo se convierte en ideas y las luces de la fábricas en los ojos de los innumerable lectores y creadores de Tocopilla.


Patricia solicita la presencia de Verónica Poblete y la invita hablar de los Tococuentos.


Verónica explica el origen y el propósito de los Tococuentos.


Patricia nos explica que le idea de presentar los Tococuentos es también la ocasión de hacer conocer a los presentes los cuentos de Verónica.


Verónica lee uno de sus cuentos "Diario de una párvula", publicado en el N° 6





EL PUBLICO












Ana y Verónica.


Verónica con la pintora


Ana con Janina, una integrante del taller La Marmita.


Ana con Patricia Veliz.


La hermana y la nieta de Verónica.


Ana con Rossana Cárcamo.



PROYECCION DE VIDEOS SOBRE TOCOPILLA Y VASO DE LA AMISTAD






Lautaro, hijo de Verónica, y su novia.



El grupo de animación cultural de la Federación, posan con Ana.




LA FIESTA
















Con el músico, Luis, el sobrino de Verónica quien confeccionó las invitaciones y aseguró todo el sistema de proyección.

Verónica expresa su alegría bailando.

El público se entusiasma! Hay bailes, cantos y alegría!


miércoles 8 de julio de 2009

Rossana Cárcamo Serei, publica un libro de relatos, 2009


"Y SALIMOS A LA CALLE..." "Un testimonio del Chile de los 80, de las jornadas de protesta, de los degollados y quemados, de los apagones y las grandes movilizaciones intentando abrir las anchas alamedas y el comienzo de una transición que nunca termina." Centro de Estudios Sociales.

Otra integrante del grupo premiada!


Rossana Cárcamo Serei.



OTRO DÍA MÁS

Al despuntar el alba su figura apareció detrás de la ventana; su imagen presagiaba el inicio de inconclusas discusiones en mi matrimonio.
Entre la niebla y el vapor que emanaba de las alcantarillas, se acercó a paso firme. Vestía un abrigo negro y sus zapatos relucían en la penumbra de la alcoba. Entonces distinguí sus manos, las mismas que tantas veces recorrieron las circunvalaciones de mi piel, inexperta y cálida.
Cuando estuvo frente a mí, su rostro de indio, sus mejillas marcadas de cicatrices y sus ojos oscuros me incitaron a seguirlo. Dudé, vacilé entre el deber y el querer, sin embargo, mi deseo fue más poderoso que la moral. Finalmente respiré profundo y estiré mis temblorosos dedos para tocarlo. Corrí desesperada, me dejé ir con la embriaguez de los recuerdos y lo alcancé. No medí las consecuencias y me fundí en su cuerpo. Deambulé en el Mercado Central, tomé té con galletas “maría”, anduve en Metro y entregué documentos clandestinos. Rejuvenecí, los años borraron las arrugas de mi rostro y se comieron la grasa acumulada en mi cintura y en mis nalgas. ¡Qué feliz me sentía! Era yo una vez más, tenía la fuerza de la juventud en mis venas, era la militante del partido proscrito, la compañera del “tres letras”.
La primavera nos daba bendiciones, pero de pronto el frío polar y el viento lo arrebataron de mi lado, lo envolvieron en un manto de hielo, lo eliminaron y sólo dejaron una sombra difusa y dolorida en mi habitación.
Eran las 6:30 en el despertador y mi rutina retomó el relevo entre sentimientos de culpa, de pena, de vergüenza. Me levanté aturdida y preparé el desayuno del hombre con quién comparto el lecho desde hace veinte años.
_ ¡Hola Negra! ¿Cómo dormiste?
_ Bien gracias ¿y tú?
_ Bien, pero soñé que me engañabas.
Mis ojos quisieron arrancarse de sus órbitas y mi pecho inflamó el camisón de dormir. Mis manos se volvieron torpes dejando caer un platillo que esparcido en mil pedazos descubrió mi traición.

Rossana Cárcamo Serei.

Finalista del Concurso de relatos de radio Moncada en Barcelona, 2008


ESTOY CONTIGO

Carolina vino a despedirse en invierno, traía consigo un bolso y su imperturbable sonrisa. Se sentó junto a la chimenea y me entregó una carta para sus padres. Me pidió que no la olvidara y conservar siempre en algún rincón de la memoria nuestra amistad.
No quise preguntarle dónde iba, pero intuí un camino sin regreso. Ella no daba pasos a medias y sin pensar. Su rostro estaba iluminado, sin embargo, sus ojos denotaban pequeñas perlas de tristeza por el dolor que le ocasionaría a su familia.
No puedo seguir siendo cómplice del silencio, me dijo con ternura. La verdadera fortaleza de un ser humano está en enfrentar a sus demonios. Una mujer también tiene derecho a decidir, sea cual fuere la cuna en que nació. Me dio un fuerte abrazo y se marchó.
Esa tarde entregué la misiva y estoy convencida que le torció la mano al destino.

Rossana Cárcamo Serei.


Concurso Premio Grau Miró del IV Premio Literario de Cuentos Hiperbreves, 2008

domingo 14 de junio de 2009

Cantar de poetas! Una provocación...Artemisa, Belmemoire, Sur, y Taller La Marmita, invitan a una perfomance poética. 24 /11/2005.

Jon Echanove (lee a Juan Gelman), Lisette Maillet (lee a Gabriela Mistral), Gustavo Gómez (lee a José Martí) y Ana Fernández ( lee a Gioconda Belli))



En la animación musical: Patricio Anabalón y César Guzmán.

Decorado de la sala: Mario Rojas Esquivel.

Más actividades creativas de las "marmitas"



Cecilia Coll, también se expresa como pintora!

Aún un cuento finalista del concurso de la Casa Latinoamericana, 2006

EL ALFILER


Hace mucho tiempo pasé una temporada en el sur de Lima, en una pequeña población, llamada Lagunas, en medio de las dunas. Había recibido este nombre por los numerosos oasis que existen en esa región.
El bullicio, el tráfico caótico, el cansancio provocado por la humedad del invierno limeño, me llevaron a pensar que lo mejor sería vivir en el calor del desierto y en el calor humano, que ofrecen esas pequeñas poblaciones, donde cada quien, conoce a todos y el anonimato es casi imposible. Así lo hice. Me instalé en una antigua casa señorial situada frente a la laguna mayor. Los dueños habían poseído cientos de héctareas de naranjales y platanales, pero con el correr del tiempo, habían caído en la miseria. Lo único que les había quedado era la casona de rica arquitectura, aunque un poco corroída por el tiempo y la escasez de dinero.
Éramos pocos huéspedes. Aparte de mí, había unas cuatro personas más; quienes casi nunca estaban, ya que salían muy temprano y se pasaban todo el día tratando de encontrar algún vestigio de civilizaciones pasadas. Esto me convenía bien, tenía la casona prácticamente para mí sola. Allí, desde la terraza, disfrutaba la tranquilidad de la laguna y la lectura de los tres primeros tomos de La Historia General del Perú; que había recibido de mis padres junto a un antiguo alfiler de plata, que mis tatarabuelos habían encontrado en una tumba preincaica, cuando se había construído la casa en Lima. Por temor a una expropiación, no dieron jamás parte del hallazgo a las autoridades. Así fue como la tumba quedó casi intacta, enterrada en algún lugar del jardín. Los tatarabuelos no osaron despojar a la “bella durmiente” de sus pertenencias; pero la tentación fue grande. Lo único que sacaron fue el alfiler, que ajustaba el manto que envolvía a la momia y lo reemplazaron, cuidadosamente, por otro parecido; para no molestarla, dijeron.
En Lagunas sentí que en mi vida comenzaba una nueva etapa, mucho más cercana a la naturaleza, a la sobriedad de las dunas y a la magía de las antiguas culturas que habían existido en esa región. Allá el árido suelo del desierto está marcado por líneas interminables, trazos que guardan un ente sellado allí, en la tierra, presente en el aire, entre los cerros que las circundan, inalcanzable al ojo humano, porque es mucho más que un vestigio grabado en la piedra. Como pacto con “Mama Pacha”, saqué al alfiler de su encierro y lo coloqué muy cerca de mi corazón. Lo acaricié un poco, luego incrusté su cuerpo en mi manto.
El alfiler era en realidad una pieza simple. Tenía por cabeza la figurilla de un mono de colmillos pronunciados. Pero había algo especial en él, creo que eran sus ojos, con ellos el animal cobraba vida. Uno de esos fenómenos de perspectiva que el escultor había realizado a la perfección.
El paisaje relajaba mi, hasta entonces, maltratado ser. La dueña de la casona me llenaba de atenciones. En las mañanas salía a pasear. A veces cerraba los ojos y el perfume de los naranjales y de los plátanos se hacía más intenso. Luego, después de un largo trecho, llegaba al pueblo, donde me deleitaba con la simpleza casi ingenua de la gente. “Caserita cómpreme esto”, “flaquita, flaquita”, con movimientos apresurados de las manos tratando de atraerme a sus puestos. “Cómpreme esto, cómpreme esto!”. “Venga, venga yo tengo todo”, pero finalmente, no tenían casi nada. Me contaban historias y me hacían preguntas con una libertad increíble, que hubiera espantado a cualquiera. Lo extraño es que nunca se interesaron por el alfiler. Al comienzo no le di importancia, pero con el correr de los días, tal indiferencia comenzo a turbarme. Cada vez que esto sucedía, mis dedos se dirigían automáticamente al alfiler, por nerviosismo o compensación, no sabría decir. Ellos acariciaban, casi escudriñaban cada parte del pequeño animal. Entonces esperaba que alguien siguiera el movimento de mis manos y notara su presencia, pero la indiferencia era aún más grande. Misteriosamente,en esos momentos algo se caía al piso, o se escuchaba un grito, o la bocina de un carro sonaba; algo que apartaba la atención de la persona con quién estaba platicando. Entonces el alfiler se incaba en mi mano como un niño pequeño, que abraza desesperadamente a su madre en busca de consuelo. Comprensiva, aceptaba su pequeño cuerpo, aferrándose, hiriendo mi mano; en el fondo, yo estaba orgullosa de tanta afección.
En el transcurso de los días, sin embergo, esos incidentes llegaron a irritarme a tal grado, que decidí acortar mi estadía y regresar a Lima. Lo que comenzó siendo una estadía agradable se convirtió en una sensación inexplicable de amenaza. Di un paseo por el pueblo en señal de despedida y con el espíritu entristecido emprendí el camino de regreso a la casona, el trayecto era largo. A lo lejos las dunas serpenteaban, el enardecido juego de luz y sombra teñía la arena. Allí en ese trecho, entre el juego de las arenas y los naranjales, se extendía la llanura seca y polvorienta, llena de pedruscos. De vez en cuando se veían grupos de piedras blancas señalando animales de formas geométricas. Era tarde. Mi imagen se movía lenta. La noche amenazaba con caer. Apresuré mis pasos, pero la arena y la maleza atrapaban mis pies. La noche, a mis espaldas, parecía haber tomado cuerpo de mujer, una forma sonriente, que extendía su gran manto rojo sobre mí. Sentí miedo. Llevé rápidamente las manos al alfiler y éstas, entumecidas, lo apretaron tan fuerte que se incrustó en una de ellas. Ahora soy yo quien te busca -pensé. En fin, él me tenía a mí y yo a él. Mientras caminaba, un hilo de sangre marcaba el camino. Me había convertido en una espeluznante versión de Hansel y Gretel.
Cuando llegué a la casona encontré un alboroto total. La dueña de la casa corría, nerviosamente, en todas direcciones, llevando cada vez paños, toallas, alcohol. Había manchas de sangre en el piso. Dos de los turistas trataban inútilmente de contactar a algún doctor. Un accidente, me explicó nerviosamente un huésped. Uno de los jovenes, habría sido atacado por un animal salvaje, allá detrás de las dunas, en una de esas cuevas. Había sido mordido en la cabeza, de tal forma, que hasta se le había separado el cuero cabelludo del cráneo.
-No es posible -exclamó la dueña-. Los únicos animales salvajes que hay aquí son los de las líneas de Nazca -trató de sonreir, pero el ángulo de su boca no alcanzó a moverse.
–Pero, a usted, a usted qué le ha pasado!? -exclamó algo asustada.
Tuve que verme en un espejo para comprender. Mis manos estaban envueltas en sangre igual que mi cara. De inmediato busqué el alfiler pero él ya no estaba en mi manto. Volví corriendo sobre mis pasos y lo encontré entre los naranjales, sumergido hasta la mitad en un charquito de sangre. Cuando lo tomé en las manos, la figurilla me sonrió, sus ojos brillaban con la malicia del que ha pecado.

ELVA LUCAR ARIAS (peruana)

finalista




viernes 29 de mayo de 2009

Otro cuento finalista del concurso de la Casa Latinoamericana, 2006.

ELISEO

–Así que usté señorita quiere saber de mi vida, quiere que le cuente por qué no tengo brazo ni pierna derecha. Bueno, si es su voluntá, lo haré, pero no para que me compadezca. No vaya a salirme después con que hay unos trasplantes y que ésta u otra organización de caridad me pueden ayudar. ¡No!, déjeme solito. Yo así, como me ve, cojo y manco, puedo mandarle platita a mi mamá todos los meses. Entonces, si me quiere oír, mejor nos sentamos en ese bar de enfrente porque estoy cansado de afirmarme en la pared.
Elena, y Eliseo entraron en el bar “El Almendro” Ella se sentó rápido en la primera mesa desocupada, nerviosa a causa de los saltos de gorrión de Eliseo, que venía más atrás. No podía comprender cómo ese hombre no se caía sin muletas. Lo había visto correr en una pierna, la izquierda, por las calles de la ciudad, infinidad de veces. Curiosa lo empezó a perseguir, primero en su coche, pero era difícil, porque él, más rápido, se perdía por los laberintos de calles y pasajes o se devolvía de repente, dejándola paralizada y sin saber qué hacer entre los bocinazos e improperios de los conductores. Cambió de táctica y decidió seguirlo a pie, pero tampoco le resultó, él corría, corría siempre, y ella, se sentía estúpida persiguiéndolo. Le indignaban las carcajadas de los oficinistas que sin saber de su insólita investigación, se deleitaban, mirándola pasar como una marioneta sin rumbo.
Elena se había recibido de periodista hacía poco. No tenía trabajo, pero sí mucha curiosidad, dinero y bastante tiempo.
–Fue, ya hace años, señorita, pa’l ,Golpe de los milicos, el año 73, empezó Eliseo su relato, mirando con un poco de recelo a la muchacha. Le iba a dar en el gusto, más que todo para sacársela de encima. Ya estaba aburrido. La chica lo llevaba siguiendo más de un mes y no quería que esa rubia impertinente le entorpeciera sus ocupaciones privadas ni su trabajito cotidiano que le permitía comer y a veces hasta tomarse unos vinitos. Cuando la veía aparecer, reflejada en las vitrinas unos metros atrás, se ponía a correr más rápido hasta perderla de vista. Así podía descansar un rato, apoyándose en algún poste de luz. Desde allí silbaba a los muchachos de su banda, que no andaban lejos, corrían hasta el metro más cercano; los peatones sorprendidos lo dejaban pasar, él se equilibraba en una pierna para atraer la atención mientras sus amigos, aprovechándose del tumulto y de la distracción de la gente, cartereaban a diestra y siniestra algunos metros atrás.
–Como le digo, señorita, –volvió Eliseo a repetir– fue pa´l Golpe. Nosotros éramos cabros de población. Yo vivía en la Caro. Éramos jóvenes, un poco “patos malos”, pero ni tanto tampoco. Andábamos en robos menores. Recién aprendiendo. Mi hermano, el Juancho, ése no, ése era político, era de la Jota ¿Sabe lo que es la Jota ? Ella negó con un movimiento de cabeza y, avergonzada alisó su pelo largo rubio.
–Son las juventudes comunistas, ¡pu! –aclaró, Eliseo, algo fastidiado. El Juancho pasaba en reuniones del partido y me andaba convenciendo con eso del poder pa’l pueblo y la revolución con empanadas y vino tinto pero nosotros, los patos, no estábamos ni ahí con la política.
Habían pasado ya unos días del Pronunciamiento Militar, como decían ellos, cuando llegaron los milicos a la población, ¡eran tantos! Parecía que la guerra se había trasladado hasta allí. El barrio se llenó de gorras verdes y mientras un milico daba órdenes por los altoparlantes, los otros se metían a las casas y a bayoneta sacaban a todos los hombres, como de 14 años p’ arriba... La angustiosa voz de Eliseo subía de tono más y más.
-El alboroto era terrible, los niños lloraban, las madres gritaban, los soldados largaban tiros al aire y afinaban la puntería matando a los perros que se les ocurría ladrar. Nos juntaron a todos en la cancha de fútbol. Éramos como 200. Entre alaridos, insultos y golpes nos subieron a unos buses, y apiñados como animales nos sacaron de allí. Creo que mi madre en su llanto impotente, no reconoció mi mano cuando yo le dije adiós.
Elena, impresionada, se tomó la cabeza con las dos manos, mirándolo con ojos desorbitados.
―¡Puchas! No se ponga así señorita. Entonces no le cuento más. Si esto es el principio nomás. Pero usté es jovencita. ¿Es que nunca ha escuchado nada de lo que pasó en su propio país? -Elena se avergonzó de su ignorancia. Con una sonrisa le pidió que continuara, ofreciéndole otra tacita de café.
-Un vinito, mejor, le sugirió él.
La joven hizo una seña y el camarero se acercó.
-Un vino, para el señor.
–¿Tinto o blanco? –le preguntó–
-Para mí un tintito de la casa nomás. Y, enfrascado en sus recuerdos, perdiéndose en el tiempo, prosiguió.
–A empujones nos metieron por un portón grande, una de las entradas del Estadio Nacional, recibimos la orden de tirarnos al suelo con las manos en la nuca y sin chistar. Llegó un sargento que nos obligó a ponernos de pie, entraron como diez conscriptos del servicio militar y nos agarraron a culatazos y a patadas con el afán de asustarnos y de hacernos hablar. Escuchábamos allá dentro los chillidos de dolor. Yo me arrimaba al Juancho que tiritaba tanto como yo. Me pusieron una metralleta en las costillas y me empujaron hasta una sala repleta de hombres desnudos con caras de terror. En cuanto aparecí en la puerta, el sargento me indicó con el dedo y me preguntó:
–¿Conocís tú al Juancho López? ¡Dime altiro dónde está! –No sacaba na con negarlo, aunque me sentí Caín. Cuando el Juancho apareció en la puerta, ya venía sangrando por la nariz. El sargento lo recibió con un puñetazo que lo hizo doblarse en dos.
-¿Así que tú eres el gallito de la UP? ¿Dónde están tus dirigentes? Te dejaron solo, los mariconcitos, ¿verdad? ¿Quién te mandaba? ¡Habla de una vez!
-Silencio... ! El Juancho estaba mudo. (y pa’mi que era el susto que no lo dejaba hablar).
-¡Mejor que cantís de una vez, huevón!. ¡Que si no te va a ir mal -le dijo el milico, pero mi hermano continuaba sin hablar. Y..., me agarraron a mí. El Juancho abrió ojos de espanto, cuando el sargento con la bayoneta me tajeó la pierna y el brazo sin ninguna piedad, pero tampoco dijo nada. Estaba como lelo. No le salía ni un sonido. Entonces el sargento con furia, lo cacheteó una y otra vez.
-¡Ya vis, huevón! !Preferís callarte por un traidor! ¡Llévenselo!
Yo me desangraba en el suelo y con la vista empañada ante esa visión de infierno, vi pasar a mi hermano por última vez. Unos días más tarde, mi madre lo encontró en la morgue con el número 523.
A mí me arrojaron en una celda inmunda y, cuando se dieron cuenta que estaba casi muerto y me empezaba a pudrir, me fueron a tirar desde un vehículo en marcha en un basural cerca de mi población.
Y así, como si todos los demonios del recuerdo se le aparecieran otra vez, detuvo de repente su narración.
–Ahora ya lo sabe, señorita –le dijo– y le pido que no me siga más.
Con un caballeroso gesto le tendió la mano izquierda, dio un salto para ponerse de pie y salió del bar corriendo, sin mirar hacia atrás.

MARÍA CECILIA COLL (chilena)

finalista



lunes 18 de mayo de 2009

Tococuentos III, "La casa vieja y azul" de Verónica Poblete, fue seleccionada y publicada





LA CASA VIEJA Y AZUL


dedicado a mi amiga Ana Fernández




Desde el día de la partida de mi madre mi lugar fue la casa grande. Subir la escalera era mi fascinación; quizás porque estaba prohibido hacerlo. Yo la encontraba bonita, su tersura era de terciopelo, era vieja pero me gustaba sentarme allí hasta el tercer peldaño...En ese lugar pasaban horas, de mi pobre infancia, haciendo nada... La curiosidad y yo crecimos juntas, fue así que poco a poco, escalando la escalera descubrí que los hoyos de las calaminas del piso bajo de la casa eran más grandes que el techo entero... Por allí deambulaban los gatos que dejaban sus excrementos emblanquecidos por el sol y la sal del mar. La casa era un inmenso caserón, seguramente construido para albergar a una gran familia, pero desprovisto de toda comodidad; no había agua corriente ni electricidad. Tenía dos terrazas, una que daba a la calle y la otra al patio. Las paredes exteriores azules y descascaradas, se habían convertido en muros llenos de bolitas de pintura seca por acción del tiempo y la sequía. Mi familia no tenía acceso a los altos de la casa, allí vivían otras personas, generalmente solas, gente que ocupaba cada una, una habitación. El patio era grande, y en el fondo, estaba la letrina que utilizaban todos. Los únicos adornos del patio eran los palos que levantaban los cordeles donde se colgaba la ropa y un tambor donde mi abuelita hervía las sábanas blancas que después almidonaba. En el patio, donde estaba nuestra cocina, también se encontraba el gallinero que nos proveía, cada día, de huevos frescos que nosotros comíamos. Sólo en las grandes ocasiones, mi abuela cocinaba las gallinas. En la cocina nos alumbrábamos con un “chonchon” que dejaba las narices negras y en el dormitorio con una vela que le daba a la habitación un aspecto tenebroso, creando sombras inmensas que transformaban los objetos en fantasmas. Era el tiempo de "la viuda" y del "descabezado", de todas esas historias que contaban los adultos... En los altos vivía don Carlos Díaz, hombre inválido, que subía las escaleras de espaldas, apoyándose en sus brazos de atleta que reemplazaban sus piernas. Él vivía solo y a veces se emborrachaba y combinaba vino con canciones alusivas a la pérdida de sus piernas. Yo reía, como todo el mundo que lo escuchaba, pero sin alcanzar a comprender el gran dolor que se desprendía de su canto. Don Carlos era mi amigo y nos encontrábamos en la escalera, mi lugar favorito... Siempre haciendo bromas que me asustaban, como cuando pretendía que vendrían los muertos a buscar las piedras que yo traía del cementerio para jugar a la "payaya". Pero me hacía reír también cuando le llevaba la "vianda" de la casa de doña Pabla y él decía: " muchas papas y carne na...", refiriéndose a la pobreza de la comida. Otra persona que vivía en los altos era doña María, una anciana sin historia. También recuerdo a Santiago Olivares, apodado "Mandaligua", era un personaje solitario y enemigo de mi abuela porque él era hincha de "la U de Chile" y mi abuelita una fanática de “Colo-Colo”; todas las semanas discutían de fútbol basándose en la información que leían en la revista "Vea". En la planta baja vivían otras familias, como por ejemplo la señora María y sus dos hijas: Inés y Elba; allí aprendí a tomar mate y comer queso de cabra asado en el brasero que calentaba la pieza. Recuerdo también a don Victor, que traía el agua para llenar los tambores y a quién todos apodaban " el hombre de la aguada", apodo que se transformaba en " el hombre de la huasca", cuando por las tardes cambiaba de oficio cuidando la plaza Condell. Han pasado muchos años desde esos tiempos, las personas que un día habitamos la casa, no sé si aún viven; de mi familia quedamos: una tía, yo y la memoria de la casa. Durante años he tenido la inquietud y la esperanza de encontrar uno de aquellos habitantes, para hablar de todo o de nada, para recordar los vecinos, los almacenes, nuestro club deportivo y los terrales que servían de canchas. Para evocar nuestras reinas de la primavera...¡ Qué tiempos aquellos, qué alegría! Los Cadaviecos, tan serios y a la vez tan entusiastas, parece que es hoy que los veo saltando en las comparsas apoyando a nuestras chiquillas: la Chechita, la Nena Quezada, la Rosa Cisterna y tantas otras..., y qué no decir de Archi y la Nely de Chocho, la Ana Valenzuela, a su hermano el Lucho, a la familia Montes y a mi querido y gran amigo el Choche Montez, a los Aceites y a tantos otros que aún viven en mi memoria. En un viaje que hice a Tocopilla, después de mucho tiempo, con mi hijo, le pedí a un taxista: " Lléveme a la Colonia". –“ A la Termoeléctrica, querrá decir", me respondió. El taxista nos llevó a un descampado negro; esa era la Colonia, la Villa Esmeralda: mi barrio. Allí no queda nada, todo se derrumbó en nombre del progreso. No pude dejar de pensar: "qué sabrá este joven de Pancho Milo, de Toribio, de Catrileo, de Solís, de mi querida amiga Rosa Herminia Narea... ¡Mierda de progreso!” Allí no queda nada...¿Seré yo un alma en pena o un árbol sin raíz, junto a los otros habitantes?, me pregunté. Dios me de fuerzas para escribir esto y algo más, para que los niños de ahora sepan que una vez existió un barrio, que lo llamaban "La Colonia", y una casa vieja y azul que tenía un alma.




VERONICA POBLETE RODRIGUEZ

lunes 11 de mayo de 2009

Patricia Parga nos hace llegar fotos del homenaje a Cortázar, año 2005. Gracias!

Patricia Parga y Licette Maillet, organizadoras del evento en nombre de Artemisa.



Ana Fernández nos introduce en la casa de "La Maga"



Lisette, espera a los "cronopios"


Llegaron los "cronopios!


Un momento cordial en el bar "Rocamadour"!



Ana nos da una semblanza de la vida y obra de Cortázar. José Alegre Seoane (Pepe), nos lee su cuento: "El ascensor".



Osvaldo Ahumada Espinosa lee su cuento: "Detrás de una camisa".
Ana agradece al "Chino" su colaboración en el decorado, que tuvo como objetivo crear un ambiente cortaziano.



sábado 2 de mayo de 2009

Actividades creativas de "marmitas y marmitos"

CHILE CON MIS OJOS: UN CHILENITO
(Relato ganador concurso señal internacional de TVN-Chile 2007)



Un chilenito

…Y entonces todos los olores del mundo vinieron a mí.

La albahaca del jardín, para el pastel de choclo, y que ahora sólo encuentro en los negocios marroquíes. El pan amasado del almacén de don Jaime, que busco, inútilmente, en la panadería Vandervelden. Las verduras y especias de la feria del sábado en Vivaceta, que debo reemplazar por sacos de productos congelados.

Recuerdos de ayer, del barrio Independencia evocados hoy, en el barrio Dailly, en el marché de cada miércoles en Evere, y justo –cuando los recuerdos me tenían sumergida en la nostalgia– un golpe corta mi respiración y viajo 11.889 kilómetros; una patadita… mi hijo, un chilenito que nacerá en Bruselas.



Patricia Parga (chilena)
Bruselas - Bélgica
(Chile con Mis Ojos 2007 - TV Chile)

lunes 20 de abril de 2009

Cuarto premio del concurso de cuentos cortos de la Casa Latinoamericana año 2006

BRUSELAS



El domingo 24 de junio, día de San Juan, en el calor bochornoso de mediodía, un eclipse total de sol sumergió al pueblo de “Las Bruces”’ en un pánico profundo. El fenómeno duró siete minutos y treinta segundos; fue de tal dimensión, que las vacas, caballos y perros se echaron a dormir, los papagayos cesaron su cotorreo, las lechuzas iniciaron un improvisado recital y los murciélagos comenzaron a volar atolondrados; creían que había anochecido.
En la plaza, se disputaba el clásico partido de fútbol, en el cual se enfrentaban los únicos dos equipos de la población, Río Abajo Fútbol Club y Club Deportivo Río Arriba. Los aficionados esperaban el final del encuentro cuando fueron sorprendidos por aquel fenómeno. Él árbitro, estupefacto, silbó los tres pitazos finales y en una prueba de devoción colectiva, guarda-líneas, entrenador, jugadores y público, se arrodillaron, entre plegarias y gritos, pidiendo perdón por sus pecados, así como por los deslices olvidados y las faltas postergadas.
El único que comprendió lo sucedido, fue el padre José, un cura andaluz, loco por el fútbol y la astronomía; conocido más por el apodo de visera, a causa de sus encanecidas y pobladas cejas. El cura intentaba, maravillado, en un tartamudeo inclemente, explicar el oscurecimiento del sol por la luna, pero nadie lo escuchaba. Al cabo de siete minutos los gallos del pueblo, comenzaron a cantar juzgando que había amanecido. Poco a poco, el orden se restableció.
Entre todo este desconcierto, nadie percibió la presencia de un hombre, tirado cerca de la plaza a la sombra de un árbol de mangos. Fue el monaguillo Andrés, un niño despierto y soñador, quien tropezó con él, entre los garrobos y las plantas de bijagua. Creyó que estaba muerto y corrió asustado con su miedo de diez años, hacia la cantina, donde se habían congregado los vecinos para comentar el eclipse.
-“Hay un muerto en la plaza” -chillaba el monaguillo seguido de una escolta de perros huérfanos.
Entre tanto en la cantina, el padre José, seguía intentando explicar, que los eclipses son fenómenos naturales y suceden cuando la luna se atraviesa entre la trayectoria del sol y la tierra. Detuvo su argumentación cuando lo vio venir, a través de una ventana y salió a su encuentro exclamando:
–¡Por la virgen del Roció! –persignándose y haciendo lo mismo al niño, le dijo: - ¡Cálmate nene! ¿Qué tonterías dices?
El monaguillo explicó acaloradamente que había ido a coger mangos en el palo de la esquina y vio al hombre tirado en la plaza. Ya para ese momento todo el pueblo rodeaba al padre y a su asistente. Lo escucharon atentamente y decidieron ir a ver quién era.
Rápidamente se organizó una comitiva, dirigida por el alcalde, éste explicaba que si había un muerto, cosa que no acontecía desde hacia bastante tiempo, era él el responsable de velar por su seguridad. Se hizo acompañar por un guardia civil, colorado y enflaquecido, a causa de sus bebederas de guaro* y sus amores ocultos. Llevaba su arma de reglamento que era un chilillo hecho de bejucos y ramitas delgadas. Se sumaron, también al cortejo, el cantinero que era igualmente el pulpero, ferretero, peluquero, boticario y entrenador de los dos equipos de fútbol del pueblo. El maestro de la escuela cerraba la marcha, seguido de los veintidós futbolistas con sus mujeres y niños. Se aproximaron al hombre que estaba cubierto con una lona blanca de ribetes amarillos, rojos y negros, y un rótulo en letras grandes; en el medio, decía: “Voyages-reizen”.
El alcalde tomó las disposiciones del caso y ordenó al guardia:
–Bueno, capitán, veamos si se mueve. –El guardia se armó de valor, se aproximó nervioso, lo tanteó una vez con el chilillo, pero el hombre no se movió.
–Señor alcalde, este hombre está tieso –dijo, secándose el sudor del cuello con un pañuelo de colores. El alcalde respondió:
–No sea pendejo, mi secre, muévalo con las dos manos.
–Ah no, eso sí que no, su señoría –replicó el secretario moviendo la cabeza en un gesto de negación. –Todo lo que uste’ mande, pero yo no le meto mano a un muerto. Pa’ los años que me quedan, no vaya a ser que se pegue esa sarna. –Y dando dos pasos atrás, agregó: –Si usted, quiere, hágalo usted mismo.
El alcalde, indignado por el desplante, ocultó su temor y se aproximó. Sintió que todo el pueblo retrocedía al mismo tiempo que él avanzaba y cuando estuvo frente al hombre, se escuchó una resonancia de gases, acompañada de una hediondez espantosa, que hizo que el alcalde cayera sentado en el suelo de la plaza, al mismo tiempo que exclamaba:
–¡Ese hombre no está muerto, está cagado!
El olor pestilencial fue tal, que el honorable alcalde creyó que iba a morir, se levantó y comenzó a correr a través de la cancha moviendo las manos, como si fuera un pájaro herido.
Los habitantes se desataron en un carnaval de carcajadas y soportaron la flatulencia, mientras miraban como el alcalde corría desesperado.
Las conjeturas, de cómo ese hombre había llegado allí, no se hicieron esperar. Unos señalaban “es un enviado de Dios”, otros opinaban, “un olor así, solo en el infierno se puede concebir”. Algunos vaticinaron que el eclipse era el principio de otras calamidades.
Finalmente, decidieron esperar, a que el recién llegado despertara.
Se decidió poner dos vigilantes para cuidar al hombre, la responsabilidad cayó en los arqueros de los equipos de fútbol y se autorizó al monaguillo, Andrés, a acompañarlos en su custodia. Los pregoneros de empanaditas de piña y papas y plátanos tostados, no se hicieron esperar. Además, el alcalde ordenó, dos barriles de chicha y tamales de cerdo para cuando el hombre despertara.
Cuando iban a ser las cinco y treinta y el sol estaba por acostarse, el hombre despertó.
El personaje, nublado aún por el letargo y el cansancio, se restregó la cara, miró de un lado al otro, y con una leve voz se dirigió al monaguillo y le dijo:
–Salut.
–Salud. –respondió el monaguillo.
–Tengo sed -dijo el forastero, repitiendo una frase bíblica.
Trajeron un vaso grande de chicha, el hombre lo bebió de un sorbo. Se puso de pie y pregunto:
–¿Dónde estoy?
–En la plaza –dijo el monaguillo.
–¿En la plaza de dónde?
–En la plaza del pueblo.
–¿El pueblo de Bruselas? –inquirió el hombre.
–¡No! El de Las Bruces –respondió el monaguillo. El Hombre sé volvió a sentar, se tomó la cabeza con las manos y reflexionó algo. Entonces el padre José intervino y le preguntó:
–¿Qué busca, en este pueblo olvidado de Dios?
El hombre contó, que se llamaba Jean Petit, era antropólogo, que había llegado ese mismo día después de una gran caminada y que no sabía cuánto tiempo, ni por dónde anduvo. Lo último que recordaba, agregó, era haber llegado a una plaza, donde se jugaba un partido de fútbol, cuando anochecía. Dijo que fue cuando su cuerpo no pudo más, que se tiró en el primer lugar que encontró para descansar. Andaba buscando, explicó, una de las primeras ciudades fundadas por los españoles llamada Bruselas. El padre le respondió:
–Pues hijo, usted anda más perdido que el chiquito de la llorona. -agregando- Lo mejor para usted, es descansar y comer; mañana veremos que podemos hacer.
Al alcalde, le repugnaba el hombre, aunque sentía una cierta simpatía, por ese tipo ruinoso, de pelo fino, casi blanco, con una barbilla quijotesca, pómulos pronunciados, ojos azules y piel blanca, vestido con un gastado chaleco de cuero, camisa amarilla, pantalones de tela azul y unas bototas negras de caucho. Sin embargo el resto del pueblo, estaba encantado con el forastero. Esa rareza de decir “salut” y “bon apetit”, sus historias de castillos y caballeros, de canales donde la gente vivía en barcazas y aquello de que habían tenido que secar ríos y mares para poder construir sus chozas. Un país plano como la plaza de fútbol, donde no existían las montañas ni los volcanes; les parecía un cuento. También, les atraía su manía de hacer bicicletas con lo que encontraba. Lo que más asombró al pequeño Andrés, fue cuando el hombre explicó que en su país se hablaba con dos lenguas, el niño intentó visualizar un ser humano con dos lenguas y no pudo, entonces el padre José, le aclaró que no eran dos lenguas en el estricto sentido de la palabra, sino dos idiomas el francés y el flamenco.
Después de haber comido, hospedaron a Jean en una pequeña habitación al lado de la iglesia y en la tranquilidad de la noche, el padre le preguntó:
–Decidme Jean, por qué buscas, una ciudad sin importancia. –Jean, respondió:
-Casualmente por eso, lo importante, no es lo que buscas, sino porque lo buscas.
¿Y tú lo sabes? –Jean lo miró a los ojos y contestó:
-Porque estoy cansado, de encontrar huesos quebrantados a punta de mazos y hachas, cráneos traspasados por flechas y balas de batallas repetidas. Las guerras, son la misma mierda, con distinto estandarte –el hombre lloraba y blasfemaba, repitiendo, sin cesar la misma frase:
–Nos estamos cagando, en la pelotita azul y a nadie le importa, -y finalizó diciendo– tal vez, si esa ciudad existió, realmente, desearía no encontrar nada de eso –y apuntó, - cosa que dudo.
El padre quiso responder, pero no pudo, se limito a decir:
– Buenas noches Jean, tú eres un buen hombre -y se fue a dormir, con la imagen de la mirada más triste que había visto en su vida.
Al despertar, el padre se sintió comprometido con Jean, dio las gracias al antropólogo por su confianza, luego reflexionó y le dijo:
–Voy a preguntar a los más viejos del pueblo, ellos deben saber algo de tu historia.
Así lo hizo, después de varias indagaciones, fue a la casa de doña Zoila, una viejita con cara de reina y un humor de quinceañera; de la cual nadie podía dar fecha exacta de su nacimiento. Algunos comentaban, en tono burla, que fue ella quien recibió los españoles cuando éstos llegaron.
Doña Zoila, le reveló, que podía ser cierto el dato del extranjero, entre tantas historias escuchadas, no veía porque no iba a ser serlo. Lo mejor era que se fueran monte adentro, allá donde vivían los Indios de Nicoya*, tal vez ellos, sí pudiesen ayudarlos.
El antropólogo se entusiasmó con la idea y solicitó la autorización al alcalde. Éste, después de ciertas cavilaciones, dio el visto bueno. Se formó un equipo de cuatro personas: él antropólogo, dos baquianos de los mejores del pueblo y el sacerdote. En un comienzo fue una idea de locos, pero rápidamente se convirtió en una empresa de suma importancia. El pueblo entero participó en la preparación del viaje, así al cabo de unas horas, la expedición partió; entre los vítores, y los gritos de jubilo del pueblo.
Al cabo del sexto día llegaron, donde los indios llamados Chorotegas*, éstos narraron que, entre sus leyendas, circulaba la historia, no de una ciudad, sino de una villa que se llamó Bruselas; que fue construida dos veces por los españoles, siendo destruida igual de veces por los mismos españoles. La villa –explicó- ocupó un punto en la costa oriental del golfo de Nicoya al norte de Puntarenas y es lo que hoy se llama el pueblo de Las Bruces y que, por un error de escritura, terminó siendo Las Bruces por Bruselas.



MARIO ROJAS ESQUIVEL
(Costarricense)
4to PREMIO

sábado 18 de abril de 2009

Actividades creativas de "marmitas y marmitos"

Lisette prepara una nueva etapa de su vida. Suerte amiga!



"El espejito", mosaico realizado por Lisette Maillet




lunes 6 de abril de 2009

Carlos Fuentes!

Dedicatoria de Carlos Fuentes para Ana y el Taller.

Compramos el libro, pero en francés, la edición en español estaba agotada!



A la salida, Marcela y yo encontramos a la "marmita" Graciela, que se nos perdió en el gentío!



Foto del grupo, satisfecho con el encuentro.



Carlos Fuentes nos firma una dedicatoria!


Converso con Carlos Fuentes de su obra.


Presento a Carlos Fuentes el grupo "La Marmita". El escritor les dirige palabras de aliento y los felicita por la iniciativa de concurrir al taller.


Sylvia Reyes que hace de anfitriona, me presenta a Carlos Fuentes!



En la sala del Palais de Beau-Arts, escuchamos la conferencia del escritor mexicano Carlos Fuentes.



Un grupo de integrantes del taller "La Marmita" va al encuentro del escritor. De izq. a der: Norma, Sylvia, Marcela, Hilde, Ana, Nora y Joël.
Agradecemos al poeta Pierre Ergo que tomó las fotos. 29 de marzo del 2009 en Bruselas.






Un texto del taller del 29 de marzo

Lee el siguiente fragmento de “Ella cantaba boleros”, de Cabrera Infante,
e imagina y escribe un momento de la vida esta mujer.

Y sin música, quiero decir sin orquesta, sin acompañante, comenzó a cantar una canción desconocida, nueva, que salía de su pecho, de sus dos enormes tetas, de su barriga de barril, de aquel cuerpo monstruoso, y apenas me dejó acordarme del cuento de la ballena que cantó en la ópera, porque ponía algo más que el falso, azucarado, sentimental fingido sentimiento de la canción, nada de la bobería amelcochada, del sentimiento comercialmente fabricado del feeling, sino verdadero sentimiento y su voz salía suave, pastosa, líquida, con aceite ahora, una voz coloidal que fluía de todo su cuerpo como el plasma de su voz y de pronto me estremecí.

...Conmovido me acerqué balanceándome al ritmo de sus palabras, palabras que vibraban, estremeciendo mi cuerpo. La agarré por la cintura, como un borracho se amarra a una farola. Quise acaparar eternamente su cintura, su colosal cintura, ¡hegemónica cintura! y dejé deslizarse mi masa entres sus carnes, apetitosas carnes, suculentas, carnes, carnes como o mejores que las de la Pampa. Ella, imperturbable seguía cantando sin reacción alguna a mi aledaña presencia.
La Estrella. ! Mujer! La Estrella brillaba en aquel cielo oscuro y sin estrellas, simulacro de un espacio infinito con horizonte cercano. Pero había una luna titilante de plástico y de cristal que giraba encima de nuestras cabezas. Así, entrelazados, se fueron los últimos supervivientes de la noche que como vampiros subsidiarios se enterraban satisfechos en ataúdes con gasolina.
Sin soltar un ápice sus caderas, cautivos del silencio-o dígase-mutismo subimos a la habitación desordenada, rosa, femenina con olor a pachuli y allí entre las sábanas baratas, cutres, de cualquier pensión a putas, me perdí, y desemboqué en su cuerpo. Deriva anhelada de cualquier naufrago.

Almudena Martín.