domingo, 14 de junio de 2009

Cantar de poetas! Una provocación...Artemisa, Belmemoire, Sur, y Taller La Marmita, invitan a una perfomance poética. 24 /11/2005.

Jon Echanove (lee a Juan Gelman), Lisette Maillet (lee a Gabriela Mistral), Gustavo Gómez (lee a José Martí) y Ana Fernández ( lee a Gioconda Belli))



En la animación musical: Patricio Anabalón y César Guzmán.

Decorado de la sala: Mario Rojas Esquivel.

Más actividades creativas de las "marmitas"



Cecilia Coll, también se expresa como pintora!

Aún un cuento finalista del concurso de la Casa Latinoamericana, 2006

EL ALFILER


Hace mucho tiempo pasé una temporada en el sur de Lima, en una pequeña población, llamada Lagunas, en medio de las dunas. Había recibido este nombre por los numerosos oasis que existen en esa región.
El bullicio, el tráfico caótico, el cansancio provocado por la humedad del invierno limeño, me llevaron a pensar que lo mejor sería vivir en el calor del desierto y en el calor humano, que ofrecen esas pequeñas poblaciones, donde cada quien, conoce a todos y el anonimato es casi imposible. Así lo hice. Me instalé en una antigua casa señorial situada frente a la laguna mayor. Los dueños habían poseído cientos de héctareas de naranjales y platanales, pero con el correr del tiempo, habían caído en la miseria. Lo único que les había quedado era la casona de rica arquitectura, aunque un poco corroída por el tiempo y la escasez de dinero.
Éramos pocos huéspedes. Aparte de mí, había unas cuatro personas más; quienes casi nunca estaban, ya que salían muy temprano y se pasaban todo el día tratando de encontrar algún vestigio de civilizaciones pasadas. Esto me convenía bien, tenía la casona prácticamente para mí sola. Allí, desde la terraza, disfrutaba la tranquilidad de la laguna y la lectura de los tres primeros tomos de La Historia General del Perú; que había recibido de mis padres junto a un antiguo alfiler de plata, que mis tatarabuelos habían encontrado en una tumba preincaica, cuando se había construído la casa en Lima. Por temor a una expropiación, no dieron jamás parte del hallazgo a las autoridades. Así fue como la tumba quedó casi intacta, enterrada en algún lugar del jardín. Los tatarabuelos no osaron despojar a la “bella durmiente” de sus pertenencias; pero la tentación fue grande. Lo único que sacaron fue el alfiler, que ajustaba el manto que envolvía a la momia y lo reemplazaron, cuidadosamente, por otro parecido; para no molestarla, dijeron.
En Lagunas sentí que en mi vida comenzaba una nueva etapa, mucho más cercana a la naturaleza, a la sobriedad de las dunas y a la magía de las antiguas culturas que habían existido en esa región. Allá el árido suelo del desierto está marcado por líneas interminables, trazos que guardan un ente sellado allí, en la tierra, presente en el aire, entre los cerros que las circundan, inalcanzable al ojo humano, porque es mucho más que un vestigio grabado en la piedra. Como pacto con “Mama Pacha”, saqué al alfiler de su encierro y lo coloqué muy cerca de mi corazón. Lo acaricié un poco, luego incrusté su cuerpo en mi manto.
El alfiler era en realidad una pieza simple. Tenía por cabeza la figurilla de un mono de colmillos pronunciados. Pero había algo especial en él, creo que eran sus ojos, con ellos el animal cobraba vida. Uno de esos fenómenos de perspectiva que el escultor había realizado a la perfección.
El paisaje relajaba mi, hasta entonces, maltratado ser. La dueña de la casona me llenaba de atenciones. En las mañanas salía a pasear. A veces cerraba los ojos y el perfume de los naranjales y de los plátanos se hacía más intenso. Luego, después de un largo trecho, llegaba al pueblo, donde me deleitaba con la simpleza casi ingenua de la gente. “Caserita cómpreme esto”, “flaquita, flaquita”, con movimientos apresurados de las manos tratando de atraerme a sus puestos. “Cómpreme esto, cómpreme esto!”. “Venga, venga yo tengo todo”, pero finalmente, no tenían casi nada. Me contaban historias y me hacían preguntas con una libertad increíble, que hubiera espantado a cualquiera. Lo extraño es que nunca se interesaron por el alfiler. Al comienzo no le di importancia, pero con el correr de los días, tal indiferencia comenzo a turbarme. Cada vez que esto sucedía, mis dedos se dirigían automáticamente al alfiler, por nerviosismo o compensación, no sabría decir. Ellos acariciaban, casi escudriñaban cada parte del pequeño animal. Entonces esperaba que alguien siguiera el movimento de mis manos y notara su presencia, pero la indiferencia era aún más grande. Misteriosamente,en esos momentos algo se caía al piso, o se escuchaba un grito, o la bocina de un carro sonaba; algo que apartaba la atención de la persona con quién estaba platicando. Entonces el alfiler se incaba en mi mano como un niño pequeño, que abraza desesperadamente a su madre en busca de consuelo. Comprensiva, aceptaba su pequeño cuerpo, aferrándose, hiriendo mi mano; en el fondo, yo estaba orgullosa de tanta afección.
En el transcurso de los días, sin embergo, esos incidentes llegaron a irritarme a tal grado, que decidí acortar mi estadía y regresar a Lima. Lo que comenzó siendo una estadía agradable se convirtió en una sensación inexplicable de amenaza. Di un paseo por el pueblo en señal de despedida y con el espíritu entristecido emprendí el camino de regreso a la casona, el trayecto era largo. A lo lejos las dunas serpenteaban, el enardecido juego de luz y sombra teñía la arena. Allí en ese trecho, entre el juego de las arenas y los naranjales, se extendía la llanura seca y polvorienta, llena de pedruscos. De vez en cuando se veían grupos de piedras blancas señalando animales de formas geométricas. Era tarde. Mi imagen se movía lenta. La noche amenazaba con caer. Apresuré mis pasos, pero la arena y la maleza atrapaban mis pies. La noche, a mis espaldas, parecía haber tomado cuerpo de mujer, una forma sonriente, que extendía su gran manto rojo sobre mí. Sentí miedo. Llevé rápidamente las manos al alfiler y éstas, entumecidas, lo apretaron tan fuerte que se incrustó en una de ellas. Ahora soy yo quien te busca -pensé. En fin, él me tenía a mí y yo a él. Mientras caminaba, un hilo de sangre marcaba el camino. Me había convertido en una espeluznante versión de Hansel y Gretel.
Cuando llegué a la casona encontré un alboroto total. La dueña de la casa corría, nerviosamente, en todas direcciones, llevando cada vez paños, toallas, alcohol. Había manchas de sangre en el piso. Dos de los turistas trataban inútilmente de contactar a algún doctor. Un accidente, me explicó nerviosamente un huésped. Uno de los jovenes, habría sido atacado por un animal salvaje, allá detrás de las dunas, en una de esas cuevas. Había sido mordido en la cabeza, de tal forma, que hasta se le había separado el cuero cabelludo del cráneo.
-No es posible -exclamó la dueña-. Los únicos animales salvajes que hay aquí son los de las líneas de Nazca -trató de sonreir, pero el ángulo de su boca no alcanzó a moverse.
–Pero, a usted, a usted qué le ha pasado!? -exclamó algo asustada.
Tuve que verme en un espejo para comprender. Mis manos estaban envueltas en sangre igual que mi cara. De inmediato busqué el alfiler pero él ya no estaba en mi manto. Volví corriendo sobre mis pasos y lo encontré entre los naranjales, sumergido hasta la mitad en un charquito de sangre. Cuando lo tomé en las manos, la figurilla me sonrió, sus ojos brillaban con la malicia del que ha pecado.

ELVA LUCAR ARIAS (peruana)

finalista




viernes, 29 de mayo de 2009

Otro cuento finalista del concurso de la Casa Latinoamericana, 2006.

ELISEO

–Así que usté señorita quiere saber de mi vida, quiere que le cuente por qué no tengo brazo ni pierna derecha. Bueno, si es su voluntá, lo haré, pero no para que me compadezca. No vaya a salirme después con que hay unos trasplantes y que ésta u otra organización de caridad me pueden ayudar. ¡No!, déjeme solito. Yo así, como me ve, cojo y manco, puedo mandarle platita a mi mamá todos los meses. Entonces, si me quiere oír, mejor nos sentamos en ese bar de enfrente porque estoy cansado de afirmarme en la pared.
Elena, y Eliseo entraron en el bar “El Almendro” Ella se sentó rápido en la primera mesa desocupada, nerviosa a causa de los saltos de gorrión de Eliseo, que venía más atrás. No podía comprender cómo ese hombre no se caía sin muletas. Lo había visto correr en una pierna, la izquierda, por las calles de la ciudad, infinidad de veces. Curiosa lo empezó a perseguir, primero en su coche, pero era difícil, porque él, más rápido, se perdía por los laberintos de calles y pasajes o se devolvía de repente, dejándola paralizada y sin saber qué hacer entre los bocinazos e improperios de los conductores. Cambió de táctica y decidió seguirlo a pie, pero tampoco le resultó, él corría, corría siempre, y ella, se sentía estúpida persiguiéndolo. Le indignaban las carcajadas de los oficinistas que sin saber de su insólita investigación, se deleitaban, mirándola pasar como una marioneta sin rumbo.
Elena se había recibido de periodista hacía poco. No tenía trabajo, pero sí mucha curiosidad, dinero y bastante tiempo.
–Fue, ya hace años, señorita, pa’l ,Golpe de los milicos, el año 73, empezó Eliseo su relato, mirando con un poco de recelo a la muchacha. Le iba a dar en el gusto, más que todo para sacársela de encima. Ya estaba aburrido. La chica lo llevaba siguiendo más de un mes y no quería que esa rubia impertinente le entorpeciera sus ocupaciones privadas ni su trabajito cotidiano que le permitía comer y a veces hasta tomarse unos vinitos. Cuando la veía aparecer, reflejada en las vitrinas unos metros atrás, se ponía a correr más rápido hasta perderla de vista. Así podía descansar un rato, apoyándose en algún poste de luz. Desde allí silbaba a los muchachos de su banda, que no andaban lejos, corrían hasta el metro más cercano; los peatones sorprendidos lo dejaban pasar, él se equilibraba en una pierna para atraer la atención mientras sus amigos, aprovechándose del tumulto y de la distracción de la gente, cartereaban a diestra y siniestra algunos metros atrás.
–Como le digo, señorita, –volvió Eliseo a repetir– fue pa´l Golpe. Nosotros éramos cabros de población. Yo vivía en la Caro. Éramos jóvenes, un poco “patos malos”, pero ni tanto tampoco. Andábamos en robos menores. Recién aprendiendo. Mi hermano, el Juancho, ése no, ése era político, era de la Jota ¿Sabe lo que es la Jota ? Ella negó con un movimiento de cabeza y, avergonzada alisó su pelo largo rubio.
–Son las juventudes comunistas, ¡pu! –aclaró, Eliseo, algo fastidiado. El Juancho pasaba en reuniones del partido y me andaba convenciendo con eso del poder pa’l pueblo y la revolución con empanadas y vino tinto pero nosotros, los patos, no estábamos ni ahí con la política.
Habían pasado ya unos días del Pronunciamiento Militar, como decían ellos, cuando llegaron los milicos a la población, ¡eran tantos! Parecía que la guerra se había trasladado hasta allí. El barrio se llenó de gorras verdes y mientras un milico daba órdenes por los altoparlantes, los otros se metían a las casas y a bayoneta sacaban a todos los hombres, como de 14 años p’ arriba... La angustiosa voz de Eliseo subía de tono más y más.
-El alboroto era terrible, los niños lloraban, las madres gritaban, los soldados largaban tiros al aire y afinaban la puntería matando a los perros que se les ocurría ladrar. Nos juntaron a todos en la cancha de fútbol. Éramos como 200. Entre alaridos, insultos y golpes nos subieron a unos buses, y apiñados como animales nos sacaron de allí. Creo que mi madre en su llanto impotente, no reconoció mi mano cuando yo le dije adiós.
Elena, impresionada, se tomó la cabeza con las dos manos, mirándolo con ojos desorbitados.
―¡Puchas! No se ponga así señorita. Entonces no le cuento más. Si esto es el principio nomás. Pero usté es jovencita. ¿Es que nunca ha escuchado nada de lo que pasó en su propio país? -Elena se avergonzó de su ignorancia. Con una sonrisa le pidió que continuara, ofreciéndole otra tacita de café.
-Un vinito, mejor, le sugirió él.
La joven hizo una seña y el camarero se acercó.
-Un vino, para el señor.
–¿Tinto o blanco? –le preguntó–
-Para mí un tintito de la casa nomás. Y, enfrascado en sus recuerdos, perdiéndose en el tiempo, prosiguió.
–A empujones nos metieron por un portón grande, una de las entradas del Estadio Nacional, recibimos la orden de tirarnos al suelo con las manos en la nuca y sin chistar. Llegó un sargento que nos obligó a ponernos de pie, entraron como diez conscriptos del servicio militar y nos agarraron a culatazos y a patadas con el afán de asustarnos y de hacernos hablar. Escuchábamos allá dentro los chillidos de dolor. Yo me arrimaba al Juancho que tiritaba tanto como yo. Me pusieron una metralleta en las costillas y me empujaron hasta una sala repleta de hombres desnudos con caras de terror. En cuanto aparecí en la puerta, el sargento me indicó con el dedo y me preguntó:
–¿Conocís tú al Juancho López? ¡Dime altiro dónde está! –No sacaba na con negarlo, aunque me sentí Caín. Cuando el Juancho apareció en la puerta, ya venía sangrando por la nariz. El sargento lo recibió con un puñetazo que lo hizo doblarse en dos.
-¿Así que tú eres el gallito de la UP? ¿Dónde están tus dirigentes? Te dejaron solo, los mariconcitos, ¿verdad? ¿Quién te mandaba? ¡Habla de una vez!
-Silencio... ! El Juancho estaba mudo. (y pa’mi que era el susto que no lo dejaba hablar).
-¡Mejor que cantís de una vez, huevón!. ¡Que si no te va a ir mal -le dijo el milico, pero mi hermano continuaba sin hablar. Y..., me agarraron a mí. El Juancho abrió ojos de espanto, cuando el sargento con la bayoneta me tajeó la pierna y el brazo sin ninguna piedad, pero tampoco dijo nada. Estaba como lelo. No le salía ni un sonido. Entonces el sargento con furia, lo cacheteó una y otra vez.
-¡Ya vis, huevón! !Preferís callarte por un traidor! ¡Llévenselo!
Yo me desangraba en el suelo y con la vista empañada ante esa visión de infierno, vi pasar a mi hermano por última vez. Unos días más tarde, mi madre lo encontró en la morgue con el número 523.
A mí me arrojaron en una celda inmunda y, cuando se dieron cuenta que estaba casi muerto y me empezaba a pudrir, me fueron a tirar desde un vehículo en marcha en un basural cerca de mi población.
Y así, como si todos los demonios del recuerdo se le aparecieran otra vez, detuvo de repente su narración.
–Ahora ya lo sabe, señorita –le dijo– y le pido que no me siga más.
Con un caballeroso gesto le tendió la mano izquierda, dio un salto para ponerse de pie y salió del bar corriendo, sin mirar hacia atrás.

MARÍA CECILIA COLL (chilena)

finalista



lunes, 18 de mayo de 2009

Tococuentos III, "La casa vieja y azul" de Verónica Poblete, fue seleccionada y publicada





LA CASA VIEJA Y AZUL


dedicado a mi amiga Ana Fernández




Desde el día de la partida de mi madre mi lugar fue la casa grande. Subir la escalera era mi fascinación; quizás porque estaba prohibido hacerlo. Yo la encontraba bonita, su tersura era de terciopelo, era vieja pero me gustaba sentarme allí hasta el tercer peldaño...En ese lugar pasaban horas, de mi pobre infancia, haciendo nada... La curiosidad y yo crecimos juntas, fue así que poco a poco, escalando la escalera descubrí que los hoyos de las calaminas del piso bajo de la casa eran más grandes que el techo entero... Por allí deambulaban los gatos que dejaban sus excrementos emblanquecidos por el sol y la sal del mar. La casa era un inmenso caserón, seguramente construido para albergar a una gran familia, pero desprovisto de toda comodidad; no había agua corriente ni electricidad. Tenía dos terrazas, una que daba a la calle y la otra al patio. Las paredes exteriores azules y descascaradas, se habían convertido en muros llenos de bolitas de pintura seca por acción del tiempo y la sequía. Mi familia no tenía acceso a los altos de la casa, allí vivían otras personas, generalmente solas, gente que ocupaba cada una, una habitación. El patio era grande, y en el fondo, estaba la letrina que utilizaban todos. Los únicos adornos del patio eran los palos que levantaban los cordeles donde se colgaba la ropa y un tambor donde mi abuelita hervía las sábanas blancas que después almidonaba. En el patio, donde estaba nuestra cocina, también se encontraba el gallinero que nos proveía, cada día, de huevos frescos que nosotros comíamos. Sólo en las grandes ocasiones, mi abuela cocinaba las gallinas. En la cocina nos alumbrábamos con un “chonchon” que dejaba las narices negras y en el dormitorio con una vela que le daba a la habitación un aspecto tenebroso, creando sombras inmensas que transformaban los objetos en fantasmas. Era el tiempo de "la viuda" y del "descabezado", de todas esas historias que contaban los adultos... En los altos vivía don Carlos Díaz, hombre inválido, que subía las escaleras de espaldas, apoyándose en sus brazos de atleta que reemplazaban sus piernas. Él vivía solo y a veces se emborrachaba y combinaba vino con canciones alusivas a la pérdida de sus piernas. Yo reía, como todo el mundo que lo escuchaba, pero sin alcanzar a comprender el gran dolor que se desprendía de su canto. Don Carlos era mi amigo y nos encontrábamos en la escalera, mi lugar favorito... Siempre haciendo bromas que me asustaban, como cuando pretendía que vendrían los muertos a buscar las piedras que yo traía del cementerio para jugar a la "payaya". Pero me hacía reír también cuando le llevaba la "vianda" de la casa de doña Pabla y él decía: " muchas papas y carne na...", refiriéndose a la pobreza de la comida. Otra persona que vivía en los altos era doña María, una anciana sin historia. También recuerdo a Santiago Olivares, apodado "Mandaligua", era un personaje solitario y enemigo de mi abuela porque él era hincha de "la U de Chile" y mi abuelita una fanática de “Colo-Colo”; todas las semanas discutían de fútbol basándose en la información que leían en la revista "Vea". En la planta baja vivían otras familias, como por ejemplo la señora María y sus dos hijas: Inés y Elba; allí aprendí a tomar mate y comer queso de cabra asado en el brasero que calentaba la pieza. Recuerdo también a don Victor, que traía el agua para llenar los tambores y a quién todos apodaban " el hombre de la aguada", apodo que se transformaba en " el hombre de la huasca", cuando por las tardes cambiaba de oficio cuidando la plaza Condell. Han pasado muchos años desde esos tiempos, las personas que un día habitamos la casa, no sé si aún viven; de mi familia quedamos: una tía, yo y la memoria de la casa. Durante años he tenido la inquietud y la esperanza de encontrar uno de aquellos habitantes, para hablar de todo o de nada, para recordar los vecinos, los almacenes, nuestro club deportivo y los terrales que servían de canchas. Para evocar nuestras reinas de la primavera...¡ Qué tiempos aquellos, qué alegría! Los Cadaviecos, tan serios y a la vez tan entusiastas, parece que es hoy que los veo saltando en las comparsas apoyando a nuestras chiquillas: la Chechita, la Nena Quezada, la Rosa Cisterna y tantas otras..., y qué no decir de Archi y la Nely de Chocho, la Ana Valenzuela, a su hermano el Lucho, a la familia Montes y a mi querido y gran amigo el Choche Montez, a los Aceites y a tantos otros que aún viven en mi memoria. En un viaje que hice a Tocopilla, después de mucho tiempo, con mi hijo, le pedí a un taxista: " Lléveme a la Colonia". –“ A la Termoeléctrica, querrá decir", me respondió. El taxista nos llevó a un descampado negro; esa era la Colonia, la Villa Esmeralda: mi barrio. Allí no queda nada, todo se derrumbó en nombre del progreso. No pude dejar de pensar: "qué sabrá este joven de Pancho Milo, de Toribio, de Catrileo, de Solís, de mi querida amiga Rosa Herminia Narea... ¡Mierda de progreso!” Allí no queda nada...¿Seré yo un alma en pena o un árbol sin raíz, junto a los otros habitantes?, me pregunté. Dios me de fuerzas para escribir esto y algo más, para que los niños de ahora sepan que una vez existió un barrio, que lo llamaban "La Colonia", y una casa vieja y azul que tenía un alma.




VERONICA POBLETE RODRIGUEZ

lunes, 11 de mayo de 2009

Patricia Parga nos hace llegar fotos del homenaje a Cortázar, año 2005. Gracias!

Patricia Parga y Licette Maillet, organizadoras del evento en nombre de Artemisa.



Ana Fernández nos introduce en la casa de "La Maga"



Lisette, espera a los "cronopios"


Llegaron los "cronopios!


Un momento cordial en el bar "Rocamadour"!



Ana nos da una semblanza de la vida y obra de Cortázar. José Alegre Seoane (Pepe), nos lee su cuento: "El ascensor".



Osvaldo Ahumada Espinosa lee su cuento: "Detrás de una camisa".
Ana agradece al "Chino" su colaboración en el decorado, que tuvo como objetivo crear un ambiente cortaziano.



sábado, 2 de mayo de 2009

Actividades creativas de "marmitas y marmitos"

CHILE CON MIS OJOS: UN CHILENITO
(Relato ganador concurso señal internacional de TVN-Chile 2007)



Un chilenito

…Y entonces todos los olores del mundo vinieron a mí.

La albahaca del jardín, para el pastel de choclo, y que ahora sólo encuentro en los negocios marroquíes. El pan amasado del almacén de don Jaime, que busco, inútilmente, en la panadería Vandervelden. Las verduras y especias de la feria del sábado en Vivaceta, que debo reemplazar por sacos de productos congelados.

Recuerdos de ayer, del barrio Independencia evocados hoy, en el barrio Dailly, en el marché de cada miércoles en Evere, y justo –cuando los recuerdos me tenían sumergida en la nostalgia– un golpe corta mi respiración y viajo 11.889 kilómetros; una patadita… mi hijo, un chilenito que nacerá en Bruselas.



Patricia Parga (chilena)
Bruselas - Bélgica
(Chile con Mis Ojos 2007 - TV Chile)

lunes, 20 de abril de 2009

Cuarto premio del concurso de cuentos cortos de la Casa Latinoamericana año 2006

BRUSELAS



El domingo 24 de junio, día de San Juan, en el calor bochornoso de mediodía, un eclipse total de sol sumergió al pueblo de “Las Bruces”’ en un pánico profundo. El fenómeno duró siete minutos y treinta segundos; fue de tal dimensión, que las vacas, caballos y perros se echaron a dormir, los papagayos cesaron su cotorreo, las lechuzas iniciaron un improvisado recital y los murciélagos comenzaron a volar atolondrados; creían que había anochecido.
En la plaza, se disputaba el clásico partido de fútbol, en el cual se enfrentaban los únicos dos equipos de la población, Río Abajo Fútbol Club y Club Deportivo Río Arriba. Los aficionados esperaban el final del encuentro cuando fueron sorprendidos por aquel fenómeno. Él árbitro, estupefacto, silbó los tres pitazos finales y en una prueba de devoción colectiva, guarda-líneas, entrenador, jugadores y público, se arrodillaron, entre plegarias y gritos, pidiendo perdón por sus pecados, así como por los deslices olvidados y las faltas postergadas.
El único que comprendió lo sucedido, fue el padre José, un cura andaluz, loco por el fútbol y la astronomía; conocido más por el apodo de visera, a causa de sus encanecidas y pobladas cejas. El cura intentaba, maravillado, en un tartamudeo inclemente, explicar el oscurecimiento del sol por la luna, pero nadie lo escuchaba. Al cabo de siete minutos los gallos del pueblo, comenzaron a cantar juzgando que había amanecido. Poco a poco, el orden se restableció.
Entre todo este desconcierto, nadie percibió la presencia de un hombre, tirado cerca de la plaza a la sombra de un árbol de mangos. Fue el monaguillo Andrés, un niño despierto y soñador, quien tropezó con él, entre los garrobos y las plantas de bijagua. Creyó que estaba muerto y corrió asustado con su miedo de diez años, hacia la cantina, donde se habían congregado los vecinos para comentar el eclipse.
-“Hay un muerto en la plaza” -chillaba el monaguillo seguido de una escolta de perros huérfanos.
Entre tanto en la cantina, el padre José, seguía intentando explicar, que los eclipses son fenómenos naturales y suceden cuando la luna se atraviesa entre la trayectoria del sol y la tierra. Detuvo su argumentación cuando lo vio venir, a través de una ventana y salió a su encuentro exclamando:
–¡Por la virgen del Roció! –persignándose y haciendo lo mismo al niño, le dijo: - ¡Cálmate nene! ¿Qué tonterías dices?
El monaguillo explicó acaloradamente que había ido a coger mangos en el palo de la esquina y vio al hombre tirado en la plaza. Ya para ese momento todo el pueblo rodeaba al padre y a su asistente. Lo escucharon atentamente y decidieron ir a ver quién era.
Rápidamente se organizó una comitiva, dirigida por el alcalde, éste explicaba que si había un muerto, cosa que no acontecía desde hacia bastante tiempo, era él el responsable de velar por su seguridad. Se hizo acompañar por un guardia civil, colorado y enflaquecido, a causa de sus bebederas de guaro* y sus amores ocultos. Llevaba su arma de reglamento que era un chilillo hecho de bejucos y ramitas delgadas. Se sumaron, también al cortejo, el cantinero que era igualmente el pulpero, ferretero, peluquero, boticario y entrenador de los dos equipos de fútbol del pueblo. El maestro de la escuela cerraba la marcha, seguido de los veintidós futbolistas con sus mujeres y niños. Se aproximaron al hombre que estaba cubierto con una lona blanca de ribetes amarillos, rojos y negros, y un rótulo en letras grandes; en el medio, decía: “Voyages-reizen”.
El alcalde tomó las disposiciones del caso y ordenó al guardia:
–Bueno, capitán, veamos si se mueve. –El guardia se armó de valor, se aproximó nervioso, lo tanteó una vez con el chilillo, pero el hombre no se movió.
–Señor alcalde, este hombre está tieso –dijo, secándose el sudor del cuello con un pañuelo de colores. El alcalde respondió:
–No sea pendejo, mi secre, muévalo con las dos manos.
–Ah no, eso sí que no, su señoría –replicó el secretario moviendo la cabeza en un gesto de negación. –Todo lo que uste’ mande, pero yo no le meto mano a un muerto. Pa’ los años que me quedan, no vaya a ser que se pegue esa sarna. –Y dando dos pasos atrás, agregó: –Si usted, quiere, hágalo usted mismo.
El alcalde, indignado por el desplante, ocultó su temor y se aproximó. Sintió que todo el pueblo retrocedía al mismo tiempo que él avanzaba y cuando estuvo frente al hombre, se escuchó una resonancia de gases, acompañada de una hediondez espantosa, que hizo que el alcalde cayera sentado en el suelo de la plaza, al mismo tiempo que exclamaba:
–¡Ese hombre no está muerto, está cagado!
El olor pestilencial fue tal, que el honorable alcalde creyó que iba a morir, se levantó y comenzó a correr a través de la cancha moviendo las manos, como si fuera un pájaro herido.
Los habitantes se desataron en un carnaval de carcajadas y soportaron la flatulencia, mientras miraban como el alcalde corría desesperado.
Las conjeturas, de cómo ese hombre había llegado allí, no se hicieron esperar. Unos señalaban “es un enviado de Dios”, otros opinaban, “un olor así, solo en el infierno se puede concebir”. Algunos vaticinaron que el eclipse era el principio de otras calamidades.
Finalmente, decidieron esperar, a que el recién llegado despertara.
Se decidió poner dos vigilantes para cuidar al hombre, la responsabilidad cayó en los arqueros de los equipos de fútbol y se autorizó al monaguillo, Andrés, a acompañarlos en su custodia. Los pregoneros de empanaditas de piña y papas y plátanos tostados, no se hicieron esperar. Además, el alcalde ordenó, dos barriles de chicha y tamales de cerdo para cuando el hombre despertara.
Cuando iban a ser las cinco y treinta y el sol estaba por acostarse, el hombre despertó.
El personaje, nublado aún por el letargo y el cansancio, se restregó la cara, miró de un lado al otro, y con una leve voz se dirigió al monaguillo y le dijo:
–Salut.
–Salud. –respondió el monaguillo.
–Tengo sed -dijo el forastero, repitiendo una frase bíblica.
Trajeron un vaso grande de chicha, el hombre lo bebió de un sorbo. Se puso de pie y pregunto:
–¿Dónde estoy?
–En la plaza –dijo el monaguillo.
–¿En la plaza de dónde?
–En la plaza del pueblo.
–¿El pueblo de Bruselas? –inquirió el hombre.
–¡No! El de Las Bruces –respondió el monaguillo. El Hombre sé volvió a sentar, se tomó la cabeza con las manos y reflexionó algo. Entonces el padre José intervino y le preguntó:
–¿Qué busca, en este pueblo olvidado de Dios?
El hombre contó, que se llamaba Jean Petit, era antropólogo, que había llegado ese mismo día después de una gran caminada y que no sabía cuánto tiempo, ni por dónde anduvo. Lo último que recordaba, agregó, era haber llegado a una plaza, donde se jugaba un partido de fútbol, cuando anochecía. Dijo que fue cuando su cuerpo no pudo más, que se tiró en el primer lugar que encontró para descansar. Andaba buscando, explicó, una de las primeras ciudades fundadas por los españoles llamada Bruselas. El padre le respondió:
–Pues hijo, usted anda más perdido que el chiquito de la llorona. -agregando- Lo mejor para usted, es descansar y comer; mañana veremos que podemos hacer.
Al alcalde, le repugnaba el hombre, aunque sentía una cierta simpatía, por ese tipo ruinoso, de pelo fino, casi blanco, con una barbilla quijotesca, pómulos pronunciados, ojos azules y piel blanca, vestido con un gastado chaleco de cuero, camisa amarilla, pantalones de tela azul y unas bototas negras de caucho. Sin embargo el resto del pueblo, estaba encantado con el forastero. Esa rareza de decir “salut” y “bon apetit”, sus historias de castillos y caballeros, de canales donde la gente vivía en barcazas y aquello de que habían tenido que secar ríos y mares para poder construir sus chozas. Un país plano como la plaza de fútbol, donde no existían las montañas ni los volcanes; les parecía un cuento. También, les atraía su manía de hacer bicicletas con lo que encontraba. Lo que más asombró al pequeño Andrés, fue cuando el hombre explicó que en su país se hablaba con dos lenguas, el niño intentó visualizar un ser humano con dos lenguas y no pudo, entonces el padre José, le aclaró que no eran dos lenguas en el estricto sentido de la palabra, sino dos idiomas el francés y el flamenco.
Después de haber comido, hospedaron a Jean en una pequeña habitación al lado de la iglesia y en la tranquilidad de la noche, el padre le preguntó:
–Decidme Jean, por qué buscas, una ciudad sin importancia. –Jean, respondió:
-Casualmente por eso, lo importante, no es lo que buscas, sino porque lo buscas.
¿Y tú lo sabes? –Jean lo miró a los ojos y contestó:
-Porque estoy cansado, de encontrar huesos quebrantados a punta de mazos y hachas, cráneos traspasados por flechas y balas de batallas repetidas. Las guerras, son la misma mierda, con distinto estandarte –el hombre lloraba y blasfemaba, repitiendo, sin cesar la misma frase:
–Nos estamos cagando, en la pelotita azul y a nadie le importa, -y finalizó diciendo– tal vez, si esa ciudad existió, realmente, desearía no encontrar nada de eso –y apuntó, - cosa que dudo.
El padre quiso responder, pero no pudo, se limito a decir:
– Buenas noches Jean, tú eres un buen hombre -y se fue a dormir, con la imagen de la mirada más triste que había visto en su vida.
Al despertar, el padre se sintió comprometido con Jean, dio las gracias al antropólogo por su confianza, luego reflexionó y le dijo:
–Voy a preguntar a los más viejos del pueblo, ellos deben saber algo de tu historia.
Así lo hizo, después de varias indagaciones, fue a la casa de doña Zoila, una viejita con cara de reina y un humor de quinceañera; de la cual nadie podía dar fecha exacta de su nacimiento. Algunos comentaban, en tono burla, que fue ella quien recibió los españoles cuando éstos llegaron.
Doña Zoila, le reveló, que podía ser cierto el dato del extranjero, entre tantas historias escuchadas, no veía porque no iba a ser serlo. Lo mejor era que se fueran monte adentro, allá donde vivían los Indios de Nicoya*, tal vez ellos, sí pudiesen ayudarlos.
El antropólogo se entusiasmó con la idea y solicitó la autorización al alcalde. Éste, después de ciertas cavilaciones, dio el visto bueno. Se formó un equipo de cuatro personas: él antropólogo, dos baquianos de los mejores del pueblo y el sacerdote. En un comienzo fue una idea de locos, pero rápidamente se convirtió en una empresa de suma importancia. El pueblo entero participó en la preparación del viaje, así al cabo de unas horas, la expedición partió; entre los vítores, y los gritos de jubilo del pueblo.
Al cabo del sexto día llegaron, donde los indios llamados Chorotegas*, éstos narraron que, entre sus leyendas, circulaba la historia, no de una ciudad, sino de una villa que se llamó Bruselas; que fue construida dos veces por los españoles, siendo destruida igual de veces por los mismos españoles. La villa –explicó- ocupó un punto en la costa oriental del golfo de Nicoya al norte de Puntarenas y es lo que hoy se llama el pueblo de Las Bruces y que, por un error de escritura, terminó siendo Las Bruces por Bruselas.



MARIO ROJAS ESQUIVEL
(Costarricense)
4to PREMIO

sábado, 18 de abril de 2009

Actividades creativas de "marmitas y marmitos"

Lisette prepara una nueva etapa de su vida. Suerte amiga!



"El espejito", mosaico realizado por Lisette Maillet




lunes, 6 de abril de 2009

Carlos Fuentes!

Dedicatoria de Carlos Fuentes para Ana y el Taller.

Compramos el libro, pero en francés, la edición en español estaba agotada!



A la salida, Marcela y yo encontramos a la "marmita" Graciela, que se nos perdió en el gentío!



Foto del grupo, satisfecho con el encuentro.



Carlos Fuentes nos firma una dedicatoria!


Converso con Carlos Fuentes de su obra.


Presento a Carlos Fuentes el grupo "La Marmita". El escritor les dirige palabras de aliento y los felicita por la iniciativa de concurrir al taller.


Sylvia Reyes que hace de anfitriona, me presenta a Carlos Fuentes!



En la sala del Palais de Beau-Arts, escuchamos la conferencia del escritor mexicano Carlos Fuentes.



Un grupo de integrantes del taller "La Marmita" va al encuentro del escritor. De izq. a der: Norma, Sylvia, Marcela, Hilde, Ana, Nora y Joël.
Agradecemos al poeta Pierre Ergo que tomó las fotos. 29 de marzo del 2009 en Bruselas.






Un texto del taller del 29 de marzo

Lee el siguiente fragmento de “Ella cantaba boleros”, de Cabrera Infante,
e imagina y escribe un momento de la vida esta mujer.

Y sin música, quiero decir sin orquesta, sin acompañante, comenzó a cantar una canción desconocida, nueva, que salía de su pecho, de sus dos enormes tetas, de su barriga de barril, de aquel cuerpo monstruoso, y apenas me dejó acordarme del cuento de la ballena que cantó en la ópera, porque ponía algo más que el falso, azucarado, sentimental fingido sentimiento de la canción, nada de la bobería amelcochada, del sentimiento comercialmente fabricado del feeling, sino verdadero sentimiento y su voz salía suave, pastosa, líquida, con aceite ahora, una voz coloidal que fluía de todo su cuerpo como el plasma de su voz y de pronto me estremecí.

...Conmovido me acerqué balanceándome al ritmo de sus palabras, palabras que vibraban, estremeciendo mi cuerpo. La agarré por la cintura, como un borracho se amarra a una farola. Quise acaparar eternamente su cintura, su colosal cintura, ¡hegemónica cintura! y dejé deslizarse mi masa entres sus carnes, apetitosas carnes, suculentas, carnes, carnes como o mejores que las de la Pampa. Ella, imperturbable seguía cantando sin reacción alguna a mi aledaña presencia.
La Estrella. ! Mujer! La Estrella brillaba en aquel cielo oscuro y sin estrellas, simulacro de un espacio infinito con horizonte cercano. Pero había una luna titilante de plástico y de cristal que giraba encima de nuestras cabezas. Así, entrelazados, se fueron los últimos supervivientes de la noche que como vampiros subsidiarios se enterraban satisfechos en ataúdes con gasolina.
Sin soltar un ápice sus caderas, cautivos del silencio-o dígase-mutismo subimos a la habitación desordenada, rosa, femenina con olor a pachuli y allí entre las sábanas baratas, cutres, de cualquier pensión a putas, me perdí, y desemboqué en su cuerpo. Deriva anhelada de cualquier naufrago.

Almudena Martín.

lunes, 30 de marzo de 2009

Taller del 29.03.09

En la primera parte del taller, Cristina comenta la novela de Juan Marsé "Canciones de amor en Lolita's Club". Se entabla un debate. Nos conectamos con los integrantes del taller que participan desde Madrid.



Norma, Almudena (una nueva "marmita"), Cristina, Hilde (otra "marmita", recién integrada) y Pepe.

Un momento del debate.

Escuchando los argumentos de las chicas de Madrid.


Una foto de la video conferencia, en pantalla: Mariana y Naima.



Mariana y Naima.



El grupo compartiendo el almuerzo!


La conversación es animada!


Coco nos ha preparado un buen café!




En la segunda parte del taller, discutimos un texto de Borges y luego entramos en la prosa de Guillermo Cabrera Infante: analizamos su estilo.



La consigna es: escribir un relato en los parajes de Cabrera Infante.



El grupo trabaja con entusiasmo!



Tres cuentos finalistas del concurso de la Casa Latinoamericana 2006

LA INMORTAL



La mujer de la sonrisa etrusca se despereza, se vuelve y observa el rostro satisfecho y burlón de su marido, perennizado por el escultor con humor y con destreza.

Se endereza, baja las piernas del lecho de mármol y de un salto, ágil para sus dos mil años, desciende del pedestal, cae sobre los delicados mosaicos dorados y recorre descalza su templo, hoy subterráneo.

Como en cada despertar se estremece al recordar los alaridos de su pueblo que no logró escapar de la fangosa lengua calcinadora.

Desde su templo, en la cima de la colina, recostada en su codo izquierdo, vio nuevamente a Pompeya asfixiarse con azufre, sumergirse bajo las pastosas olas de fuego y barro, vio la lluvia de cenizas ennegrecer las estrellas y oyó el ronco siseo de la lava entrando al mar.

Sabe con certeza que nadie se salvó. Murieron con entereza las fervorosas sacerdotisas a quienes habría investido de inmortalidad en el solsticio.

Contempla la cuantiosa riqueza que la rodea y bosteza. Está sola, se siente sola, se sabe sola.

El arqueólogo la mira con admiración y con su cincel, rompe su soledad para siempre.


MARÍA YOLANDA SALA BÁEZ (peruana)


ULTIMA VISITA



El sábado, Ismael y Genaro, llegaron con el coche funerario; era tarde, el pueblo estaba recogido. Se dirigieron a la casa parroquial. Venían a cumplir la última voluntad de su padre: ser enterrado en su pueblo natal. Al otro día sería el funeral, a eso de las doce, después del mercado.

El domingo los marchantes se levantaron muy temprano y el pueblo se reunió como de costumbre en la plaza. Todos comentaban la llegada de Don Avelino: hacía más de medio siglo que no había regresado a visitar a sus compadres caqueceños. Se afirmaba que esa noche había estado en el granero con Zenaida y Zoila, sus primas, que después había ido a casa de Don Indalecio, su compadre de juventud, y hasta había brindado con guarapo en la fiesta de la boda de Berta, la hija de su cuñada. Se murmuraba también que en la madrugada le habían visto desayunar con caldo de papas en uno de los toldos de la plaza, mientras, contemplaba los campesinos que bajaban de la loma con sus mulas cargadas de maíz y albahaca, como recordando aquella época de su vida.

Era medio día, las campanas dominicales anunciaba la misa de difuntos y los feligreses se acercaban a la iglesia. En la cinta morada del carro funerario se leía: Avelino Céspedes Quevedo. Los hijos habían cumplido su última voluntad.


MARTHA ROZO HERNÁNDEZ (colombiana)
SUIPACHA 211



Nuestro programa de viaje se vio alterado por la poca oferta y gran demanda de pasajes. El “buque-bus” que nos llevaría a la República Oriental estaba completo el día y la hora calculada, y la partida se retrasó dos días. Cuarenta y ocho horas en las que teníamos que adelantar algunas actividades y posponer otras. Lo primero que debíamos asegurar era la prolongación de nuestra estadía en el hotel, en el que nos sentíamos tan a gusto.

Al llegar a nuestra habitación nos sorprendió el parpadeo de aquel botoncito rojo al lado superior derecho del teléfono. Nos miramos desconcertados a la vez que nos dirigíamos, en la oscuridad, sin reparar que la luz de la habitación todavía estaba apagada y dándonos empellones al borde de la cama llegamos al teléfono, como hipnotizados a descubrir el mensaje. Intercambiamos miradas y fui yo quien primero llegó a presionar el botón, apagando automáticamente su color carmín.

-Hola, soy Sarita, estoy en La Cumbre. Llámame al 211 – 30 – 211.

Nos preguntamos perplejos, cómo sabía que estábamos allí. Era muy tarde para comunicarnos con ella.

-Ya estará descansando, nos dijimos.

Al día siguiente a la hora oportuna, marqué el número y después de una larga espera, escuché su voz que me fue difícil reconocer por el paso del tiempo.

-Mi hermana murió y hace ocho meses me trajeron aquí. Nuestro piso, el de Suipacha 211, N°17 H está alquilado. ¿Recuerdas cuando hace ya más de veinte años nos juntamos allí? -inquirió Sarita.

La conversación continuó amigablemente pero con ciertos vacíos. Será su edad avanzada, me dije.

Al bajar a la recepción nos acordamos que debíamos permanecer todavía unos días más y solicitamos prolongar nuestra reserva.

-No es posible, nos dijeron. El hotel está a tope.

Recibimos la frase con tristeza y preocupación ya que nos complacía enormemente.

-Pero, los podemos alojar en otra propiedad nuestra en esta misma calle, e incluso a menor precio. -añadió el amable empleado. Asentimos, aliviados.

Con la ayuda del botones trasladamos nuestro equipaje un par de metros calle arriba y al llegar, vi a Pedro, el portero congelado en el tiempo, que nos abría la puerta invitándonos a entrar.

-¿Cómo ha estado? , me dijo. Hace unas semanas que no la veo, añadió.

Atónita y sin expresión alguna, me dirigí al ascensor y presioné el piso 17 del lado izquierdo, como si se tratara de un acto rutinario. Vamos, entra, le dije a mi marido.

Él tardó en abrir la puerta y una vez dentro, vimos la mesa; Sarita nos había dejado la cena servida, todavía humeaba.

LOURDES COSTA (peruana)

sábado, 21 de marzo de 2009

"Marmitos y Marmitas" participantes al concurso de cuentos cortos 2006 de la Casa Latinoamericana

Resultaron premiados y publicados seis integrantes del taller!

4° premio: Mario Rojas Esquivel

Finalistas: Martha Rozo Hernández, Yolanda Sala Báez, María Cecilia Coll, Elva Lúcar Arias, y Lourdes Costa.



Cuento publicado por ARTEMISA asbl

Comportamiento en velatorios

Los velorios en el Perú siguen normas sociales tajantes: los ricos no lloran. Los barbitúricos mantienen ecuánime a la atribulada viuda para no arriesgar sus costosas cirugías estéticas. Se mantiene erguida, como flotando en una nube de lejano pundonor. Los hijos se secan avergonzados alguna furtiva lágrima y procuran hablar de autos, de negocios, de notarios. Si es verano no transpiran, si es invierno no se les mueve un solo cabello. Visten impecablemente elegantes y hablan en decibeles bajos con el aterciopelado don de mando privativo de los barrios llenos de piscinas y vigilantes armados.
La viuda de clase media viste de negro. Digna y sosegada a punta de pastillas, contiene su agonía en público, mientras se encuentra rodeada de aquellos que asisten solamente por cumplir con sus deberes sociales. Cuando los visitantes protocolarios se van, después de haber tomado debida nota del valor de los arreglos florales, los familiares por fin se acercan al difunto, lo tocan, lo besan, le hablan, se despiden, rezan por él, le dicen todo lo bello que no se atrevieron a confesarle en vida, cuando lo habría apreciado. Le acomodan las heladas manos artificialmente, en actitud de oración, lo besan antes que los empleados de la funeraria sellen el ataúd y luego se desesperan con los detestables mosquitos que nadie sabe cómo logran infiltrarse en el féretro.
Los pobres en un velatorio lloran sin pudor alguno: a grito pelado; las mujeres lanzan quejidos dolorosos, se sacuden de pena, las lágrimas lavan sus desconsolados corazones, sus trajes negros brillan de tanto uso en innumerables velorios y sus medias negras, zurcidas con decoro, se sujetan con antiguas ligas en las corvas gruesas llenas de várices. El pésame va acompañado de un morboso canje de lágrimas mientras manos callosas acarician rostros desfigurados por el dolor y se enfrentan semblantes desencajados por la pena más pura. Son infaltables los desmayos y los gritos angustiados que preguntan ¿¡por qué!?

Llevaban pocos meses viviendo en Flandes cuando tuvieron que ir a un velorio y se preguntaban si las normas sociales en estos tristes eventos serían parecidas a las del Perú. Había fallecido el padrino de su marido belga y aunque la peruana y su hija sabían que el finado se llamaba Robert, del apellido sólo recordaban que exigía sonidos guturales e impronunciables.
El velatorio se celebraba silenciosamente en un fino local dedicado a este propósito y convenientemente situado frente a la iglesia. Preguntaron al empleado del edificio por el velatorio del señor Robert.
Nunca imaginaron que el nombre fuera tan común y las coincidencias tan formidables. Terminaba el otoño y los viejitos son sus víctimas obligadas. De los 8 velatorios que se celebraban ese día en ese edificio entre las 18:00 y las 20:00 horas (hora exacta), 5 eran de ancianos caballeros flamencos llamados Robert.
Agravaba esta situación el hecho de que la viuda que ellas conocían no se hallaría presente por órdenes del doctor. Sin embargo sabían que a Robert lo acompañarían su nuera y sus nietos a quienes ellas nunca habían visto.
La peruana y su hija, una adolescente típicamente latinoamericana, se armaron de valor y entraron a la primera sala. Compungidas y ceremoniosas, saludaron en inglés a los deudos belgas que las miraron extrañados. Se acercaron al féretro donde yacía un caballero calvo, narigón y azulado. Por encima del ataúd intercambiaron miradas sorprendidas; en español se dijeron: “No, éste no es”, y se retiraron lo más discreta y educadamente posible.
El empleado del local las condujo por el pasillo a otra sala donde dos viejitas muy solemnes se hallaban sentadas a ambos lados de una camilla donde reposaba un gordito incoloro parecido a Papa Noel. Tras expresar sus condolencias las peruanas sacudieron la cabeza apesadumbradas y dijeron: “No, éste tampoco es” y salieron suavemente, dejando severamente estupefactas a las ancianas flamencas.
Obstinadas continuaron con su recorrido y en cada caso estrecharon la mano de los desconocidos parientes, se acercaron cautelosas al cadáver del Robert de turno, afligidas admitieron “No, éste tampoco es” y se alejaron, sumiendo a los deudos en un mar de interrogantes:
 Pero ¿¡quiénes son estas mujeres!? ¿Qué relación puede haber habido entre nuestro Robert y estas latinas? ¿Y la jovencita? ¿Será fruto de una relación clandestina de nuestro difunto?

Ajenas al terremoto de sospechas que iban provocando con sus breves visitas, ellas prosiguieron tenaces su pesquisa hasta que dieron con el padrino Robert. Lamentablemente, como sus nietos tampoco las conocían, los dejaron igualmente perplejos y les sembraron la misma incertidumbre.

En cambio ellas se fueron a casa satisfechas de haber visto cómo eran los velatorios en Flandes y de haber cumplido correctamente con sus deberes sociales en su nuevo hogar.

Publicado en Bruselas por ARTEMISA asbl en el Homenaje a Julio Cortázar, Cronopio Mayor (1914-1984)

Yolanda Sala Báez
30 de marzo de 2004

jueves, 19 de marzo de 2009

Cuento extraído de la publicación de Artemisa de Homenaje a Cortázar

DETRAS DE UNA CAMISA

Osvaldo Ahumada-Espinosa

Me despertó un olor a café recién hecho y una puerta que se cerraba de golpe, luego oí una llave que daba dos vueltas. Me levanté tratando de reconocer donde estaba. Me encontraba en casa. Estaba seguro que había dormido sólo. ¿Quién había salido entonces? Me vestí con premura y fui a la sala, el desorden que dejé se encontraba ahí, varios tomos de la Británica estaban repartidos por el suelo y mis discos compactos de jazz tradicional se yacían apilados en la mesita enana, al lado de las botellas vacías de grapa. Pero todo orientado dentro de mi orden cerrado que tanta seguridad me da. No es un orden femenino y minucioso, sino un orden lógico y masculino. Los libros no están ordenados por colores o idiomas sino que por autores femeninos y masculinos.
Me sentía hambriento y cansado. Ayer, al darme cuenta que las alacenas de la cocina se hallaban vacías, había decidido ducharme rápidamente e ir a dar una vuelta por el supermercado para comprar algunas latas de comida y ver a Palmira, la cajera colombiana que me pone tan nervioso, cada vez que me aprieta la mano cuando me da el ticket de la compra.
Abrí el grifo y mientras el agua se calentaba, fui a la sala y puse un disco de Louis Armstrong, el gran Satchmo, el gran trompetista afro-americano con boca de cartera. El alegre sonido de “Tin Roof Blues” llenó todo el departamento mientras me jabonaba. De repente recordé que hacía algunos años había leído el artículo “A la búsqueda de la eterna juventud”, en un número de la revista París Match. El artículo decía que en los años 60 había existido entre los famosos de este mundo la moda de ir a inyectarse a Suiza un jugo de testículos machacados de macho cabrío recién nacido y que Satchmo, junto con el Papa Pio XII habían sido los pioneros en recibir el tratamiento en sus endurecidas venas, y que no contento con eso, el negro se practicaba con mano de cirujano militar unos lavados intestinales cada mañana, muy temprano, y que lo dejaban tirado un par de horas, alguien le había dicho que impidiendo que la comida se le pudriera en las visceras, la vida se le alargaría el doble. “Mi proposito es tocar la trompeta hasta los 120 años y luego jubilarme” había dicho Armstrong. Mientras mi cabeza se llenaba de dudas y de los acordes de “Cheese Cake”, me sequé con rapidez, casi sin sacarme el jabón ecológico anti arrugas, a base de melocotones ácidos, que tanto me recomendó Palmira.
El resto de la mañana se me pasó buscando el maldito París Match, vestido a medias y con hambre. A eso de las tres de la tarde lo encontré entre dos camisetas que ya no uso y que un día de estos voy a tirar, pero no sé cuando porque en las noches de mucho frío me las pongo igual. Como tenía mucha hambre y nada que comer abrí una de las botellas de grapa que compré el otro día contrariando a Palmira que me dijo muy enojada:
- ¡Si se pone a beber sólo don Benny, se va convertir en alcohólico!
- Entonces vaya a visitarme Palmirita y la beberemos juntos.
La cajera me miró con tristeza y no dijo nada. No sé si hablaba en serio, pero la juventud de la morocha me daba miedo y no me atrevía a decirle que aceptaba, pero hay veces que pienso que solo son juegos de palabras. Además si se instala en casa, me va cambiar todo de lugar, instaurando un orden colombiano y mujeril, que no entenderé jamás y perderé libros y calcetines en la aventura.
Me serví un gran vaso de grapa para olvidarme de Palmira, al menos por un rato y comencé la lectura sobre Louis Armstrong y su muerte, a pesar del jugo de testículos y de las manipulaciones intestinales, pero esta vez escuchando “Tiger Rag”. En realidad todos los que se habían inyectado el jugo aquel, estaban enterrados hacia años, y los médicos suizos que se habían enriquecidos con las inyecciones estaban enterrados también..
Como no quedé conforme con la lectura, busqué en la Británica la historia del músico, pero no había nada de las manipulaciones médicas. Después cogí el tomo ocho y me entretuve releyendo la vida del viejo Henry Miller, a quién visité en Nueva York algunos años antes de su muerte. El escritor me mostró con orgullo las cartas de su correspondencia con Anaïs Nin. Después de leer algunas, y aprovechando que Miller miraba por la ventana a unos negros que jugaban baloncesto en la plaza enrejada de la esquina, le sustraje la carta donde Anaïs hablaba de sus amores incestuosos con su padre y que es la carta que tengo enmarcada en la salita al lado de la magnífica foto de Marilyn Miller, esa desconocida actriz de comedia musical del Broadway de los años 20 y que se veía tan hermosa en Sunny and Sally.
El final del día se me pasó tomando grapa con hielo, releyendo el artículo sobre la vida del trompetista, la muerte del escritor y la carta de la descarada Anaïs, claro que para matizar la lectura efectuaba algunas comprobaciones en la Británica. Estaba oscuro ya cuando me fui a dormir titubeando para no caer.
El visitante que me había dejado encerrado y que se había bebido mi café, parece que también se había llevado mi camisa verde botella, la más hermosa que tengo, me ha dicho Palmira. A pesar de que todavía estaba muy mareado por tanta lectura, debía irme de compras pues no tenía ni comida ni grapa. Saqué la copia de la llave que guardo detrás de la carta enmarcada y abrí la puerta.
El vecino se extraño al verme salir de casa.
- ¡Oh me estoy volviendo loco o qué! Me parece que usted salió hace cinco minutos y no lo he visto entrar. ¿Como lo hizo?
- Debe de estarlo, pues acabo de levantarme y recién salgo - le respondí con una voz aguardentosa que lo hizo retroceder.
Dejé al vecino ensimismado en su perturbación y me dirigí rápidamente al supermercado. Llevaba casi tres días sin comer. Mirando a través de la vitrina del almacén, lo primero que llamó fuertemente mi atención fue el reflejo de mi propio cuerpo y de mi camisa verde botella, luego mirando hacia adentro pude observar a un tipo que usaba una camisa igual a la mía, conversando con la colombiana. Hasta se me parecía un poco. Mirando con más atención lo encontré casi idéntico a mí. Di la vuelta a la esquina casi corriendo, deseaba enfrentar al tipo que ya iba saliendo con sus bolsas de comida; jadeando con desesperación, llegué a la caja de Palmira, ella se asustó al verme y casi gritando exclamó:
-¡Pero acaso usted no acaba de salir don Benny!
- No Palmira, no era yo, es otro, es otro - dije con voz entrecortada mientras caminaba velozmente, porque ya no podía correr. De nuevo en la calle observé las espaldas color verde botella que se alejaban, el tipo iba caminando con apuro. Tan apurado iba que no respetó la luz roja y no vio el enorme camión que lo lanzó contra el muro del café del irlandés O’Casey al del otro lado de la calle. Cuando llegué a su lado, observé su cadáver quebrado, mi camisa verde botella manchada de rojo y su cara, donde se encontraba la mía. Respiré hondo y me di vuelta en dirección al supermercado. Ya no tenía hambre, solo sed. El cuerpo me pedía un vaso de grapa con urgencia.
Compraré algunas latas de ravioles y algunas botellas de licor. De regreso a casa caminaré por otras calles. Con sumo cuidado esperaré la luz verde antes de cruzar y me alejaré de los camiones. Si tengo suerte, puede que alcance a volver a mi orden cerrado pero seguro de escritor algo ladrón. Tengo que colocar la Británica en el armario y los discos de Louis Satchmo en su lugar, detrás de las revistas de cuentos góticos. Debo dejar todo en su lugar antes que mis hijos vengan a repartirse mis cosas.
Bruselas, Abril del 2004



Publicado en:
a) Antología “Homenaje a Julio Cortazar, Cronopio Mayor”.Mayo 2004
b) Revista virtual “Isla Negra” N° 2/48, septiembre 2005
c) Revista Virtual “Destiempos” N°12, México, enero 2008

Un texto del Taller

PASAMONTES


Parada en la esquina de la estación, resguardándome del frío y del viento, veo partir como una exhalación el moderno tren de alta velocidad que me ha depositado allí, el tren que tanto ha cambiado la vida de los habitantes de Pasamontes.
Voy caminando hacia el viejo puente ferroviario y me llaman la atención las frías y modernas construcciones de vidrio y metal, que se han ido amontonando a lo largo de su recorrido en estos últimos años en honor a San Tren, y que desentonan con las casitas blancas donde viven los gitanos de mi pueblo y que parecen hincadas en los cerros de dos de las montañas que rodean Pasamontes : Santa Ana y San Esteban.
Por fin llego al viejo puente totalmente remozado que se dibuja como una mueca en el centro de la colina como una sonrisa irónica.
En lo alto de la colina sigue inconmovible desde los años ‘80 el inerte, enorme y cubista monumento al minero, Pasamontes reivindica su origen de pueblo minero y hace unos años recuperó una antigua torrecilla de una mina para instalarla en la entrada del pueblo. Ciertos extranjeros que atraviesan el puente férreo en el AVE (tren de alta velocidad que va de Madrid a Sevilla) al ver el imponente monumento al minero se santiguan pensando que es un santo.
Al cruzar el puente, me tranquiliza comprobar que aún no han derribado todo el pueblo, que todavía quedan algunas referencias de mi infancia : las estrechas y sinuosas calles empedradas, que conducen hacia la ermita, tapizadas de casas pintadas de blanco y añil (azul manchego lo llaman también), de las que sobresalen algunas palmeras centenarias plantadas en medio de sus patios cubiertos de azulejos.
Sale a mi paso mi antiguo colegio y me invade un olor a goma de borrar, a las tortas tostadas del recreo, a caña de azúcar y a gusanos de seda.
Hace rato que está lloviendo, cosa rara en la Mancha, me veo reflejada en los charcos y no me reconozco. La niña de coletas y uniforme azul sigue vagando entre las higueras, palmeras y pinos del parque, me voy silenciosamente para no molestarla, se la ve tan feliz....

Nuria Martínez

Un concierto muy particular!

Les gustó? Pensamos invitar a este genio a la próxima soiré de La Higuera, presentación a confirmar!

Otro cuento de Homenaje a Cortázar

EL ASCENSOR

El despertador atronó en la habitación. Mario lo apagó de un golpe seco. Entreabrió su párpado derecho; entre las cortinas no se filtraba más luz que la del alumbrado eléctrico de la calle. El desánimo le invadió: “¿cuándo terminará el invierno?”
Al cabo de un minuto, y habiendo hecho acopio de fuerzas, Mario se levantó. Mecánicamente, fue representando los actos de su inalterable rutina diaria: afeitado, ducha, secado y peinado, boletín de las 7 en Radio Nacional, loción, colonia, camisa, traje, corbata, dos panecillos integrales, café instantáneo preparado con leche fría, portafolios, llaves, puerta, rellano, de nuevo llaves, botón de llamada del ascensor…
El ascensor. La tarde anterior no funcionaba, y había tenido que subir a pie. Se había consolado pensando que, al fin y al cabo, un tercer piso no requería tanto esfuerzo. A la altura del primero, había oído voces y golpes detrás de la puerta. “Operarios que estarán arreglándolo”, había pensado. No le había extrañado encontrar el elevador estropeado; a pesar de ser nuevo, su mecanismo se estropeaba con frecuencia. En cambio, la rapidez con la que el servicio técnico había acudido a repararlo sí le había sorprendido. Tanta premura era mucho menos habitual que las averías.
Sea como fuere, en aquella mañana invernal las puertas del ascensor se le abrieron a Mario con toda normalidad. Como todos los días, pudo escuchar el roce de las puertas correderas contra el marco metálico del hueco del ascensor. Desde el mismo momento en que vino a mudarse a la que era ya su casa, ese chirrido grave y prolongado representaba para Mario la frontera entre su mundo privado, seguro y ordenado, y la batalla desesperada con su vida profesional. Funcionario de un servicio crónicamente falto de personal, Mario vivía su jornada laboral más del modo en que un común mortal acometería los trabajos de Hércules, que como el dolce far niente del arquetípico empleado público, ocioso y haragán.
Entró en el ascensor y se sorprendió al ver su imagen reflejada en un espejo. Ese espejo no estaba allí el día anterior. Cubría todo el fondo del ascensor, desde la altura de sus rodillas hasta el techo, dejando un borde de apenas dos centímetros a su izquierda y derecha. El espejo había sido instalado sobre el revestimiento interno del elevador, fabricado con placas de falsísima madera de un aún más falso color cerezo. Estos eran pues el material y el color de los bordes laterales del espejo.
Mario advirtió rápidamente más cambios: en las paredes derecha e izquierda del ascensor, también habían sido instalados sendos espejos, iguales al que ocultaba el panel del fondo. Miró su reflejo en los dos espejos laterales: primero un perfil, luego su cara de frente, después, al darse la vuelta hacia el otro espejo, su otro perfil, y, finalmente, de nuevo su rostro, que le devolvía una asombrada mirada. La situación justificaba la sorpresa: por efecto del reflejo mutuo de cada espejo en su opuesto, su imagen se repetía una y otra vez en una infinita curva alargada hacia un invisible final.
El ruido que hicieron las puertas al cerrarse le recordó que debía pulsar el botón correspondiente a la planta baja. Al girarse hacia un lado para hacerlo, descubrió que los dos paneles de la puerta lucían, cada uno, su respectivo espejo. Los dos vidrios formaban uno al unirse en el centro sin apenas resquicio entre ambos.
El ascensor comenzó a descender. Mario miraba divertido su figura infinitamente repetida hacia los cuatro puntos cardinales. Agitó su mano, y cientos de Marios le devolvieron el saludo: enfrente, a su izquierda, a su derecha, y adivinaba que lo mismo ocurría a sus espaldas. Se aproximó entonces al espejo de su izquierda, se sonrió a sí mismo y a sus dobles, mientras acercaba su cara al cristal, ladeándola un poco. Quería verla al mismo tiempo en dos espejos desde poca distancia.
Sintió un pequeño escalofrío, una fracción de segundo de vacío, y volvió a encontrarse en el ascensor, rodeado de espejos. Delante de él, su multiplicado reflejo tenía un aire algo aturdido. Lo mismo ocurría a los lados con sus perfiles. Detrás de él… Mario se volvió hacia atrás y se vio a si mismo con la cara pegada al cristal, esquinada, mirando a la vez al vidrio que los separaba y, de reojo, al de su izquierda. Su reflejo estaba inmóvil, no seguía sus movimientos. Se asustó. Sopló una brisa fresca, y fluyó un olor de juventud, el del césped recién cortado en el patio de de su colegio. Se sintió invadido por un súbito sentimiento de euforia, matizado por una pizca de melancolía. Abrumado por la avalancha de inesperadas sensaciones, y queriendo huir de ese reflejo que ya no era el suyo, dio un paso atrás. Topó con el espejo que estaba a sus espaldas. Con un ligero estremecimiento, volvió a traspasar la breve nada, y se halló en el ascensor.
Se tocó, se confirmó entero y real. En el espejo que quedaba frente a él, su propia imagen le volvía la espalda, apoyada contra el cristal que les separaba. Mario se giró rápidamente para mirarse en otro espejo. Se encontró con su propia cara, mil veces desgatada por la ambición: arrugas más que precoces en el rostro, pelo cano pero amarillento, bolsas bajo los párpados. Se supo egoísta. Sintió la mezquindad adherida a su piel, como una gruesa protección contra los sentimientos ajenos. Cientos de miradas que él entendió justas le laceraban sin piedad. Desbordado por el horror, dio un paso al frente. A través del vacío, apareció en el ascensor. Seguía bajando.
Abrió los ojos poco a poco, y vio como sus infinitos reflejos abrían los suyos con él. Ellos estaban tranquilos, quizás más de lo que él mismo lo estaba. Le sonreían, Mario estaba enamorado. Dedicación y entrega inabarcables adormecieron sus sentidos. Fue la felicidad. Mario no se movía, no quería romper el encantamiento. De pronto un golpe, una pérdida, y un gesto de dolor reflejado infinitas veces. Por último, la humillación. Mario necesitaba escapar del dolor, del más grande dolor que nunca sintiera, de esa evocación que ahora veía mil veces repetida, de frente, de perfil, de espaldas, como la seguía viviendo día tras día. Saltó hacia delante.
Sus multiplicados reflejos le recibieron esta vez con los ojos bien abiertos, respirando agitadamente. Poco a poco, Mario se fue sosegando, y con él, sus otros. Pero la tregua fue corta, pronto se encontró hundido en la duda, corroído por la indecisión. En el espejo, los músculos de su cuello se tensaron, y rictus apenas perceptibles fueron marcando su semblante con el rastro de obsesiones nunca del todo dormidas. El tormento de la vacilación no tenía piedad. Nuevamente, intentó la huída hacia delante.
Mario volvió a sentirse ingrávido por un instante. El ascensor fue atenuando su descenso. Ninguna sensación. Mario, sin acabar de creerlo, se miró en el espejo del fondo. Vio una línea interminable de hombres bien peinados, con la corbata perfectamente anudada, apenas una mota de caspa en el hombro. Rostros algo extrañados por lo vivido, pero listos para enfrenarse al día que comenzaba.
El elevador se detuvo. Mario se impacientaba. Oyó como las puertas comenzaron a abrirse a sus espaldas. Empezó a darse la vuelta para salir. A medio movimiento, su mirada pasó por el espejo lateral. Allí, sus reflejos, sus infinitos dobles, arrancaban el paso y, con toda naturalidad, salieron por las puertas de sus ascensores. Presa del pánico, Mario se apresuró a terminar su giro. Las puertas del ascensor estaban cerradas.
José Alegre Seoane