jueves, 20 de agosto de 2009
domingo, 16 de agosto de 2009
Palabras de Ana Fernández en el acto de presentación de los TOCOCUENTOS, 30.05.09
Agradezco el inmenso privilegio de poder presentar los Tococuentos en este acto.
Digo, privilegio, porque no soy de Tocopilla, ni soy chilena, aunque llevo, desde hace muchos años a Chile en el corazón. No sé porqué, quizá por su gente, pero sucedió así, tan simplemente, como canta el Gitano Rodríguez.
A través de los TOCOCUENTOS, entré en la pequeña ciudad y caminé sus barrios, amé sus rincones, respiré sus plazas y recordé aquellos juegos infantiles, que compartí en otra tierra y en otros barrios, pero que nos unen como puentes mágicos.
Desde la plaza Condell vi el puerto con sus gaviotas y sus olas y como dice poéticamente, Verónica, contemplé sus viejos lanchones abandonados como islas de pájaros marinos.
El puerto se impuso en mi memoria con sus olores a pescado frito y caldo de congrio, con sus trabajadores, barcos y marineros trayendo canciones de mundos lejanos.
Los atardeceres en la playa, también regresan en la evocación. Anécdotas y relatos que dibujan sonrisas o provocan lágrimas. “Lágrimas de hombre ya agotadas de tanto usarlas”, escribe Verónica, refiriéndose a Hugo, uno de sus personajes.
Veo la escuela, las calles, voy a los bailes y grito en el fútbol o el básquetbol.
Las fiestas populares me atraen por su colorido y la expectativa me gana cuando de elegir la reina de la primavera, se trata. Me apasiono por las historias de amor y las leyendas. Percibo los cines que ya no existen, y el primer ferrocarril de Tocopilla a Toco. Tomo la micro y hago un viaje corto y otro más largo atravesando el desierto, y muchos nombres quedan cantando en mi memoria:
Villa Covadonga, Comanchaca, Chuquicamata, Calama.
Me parece ver los personajes típicos e inolvidables rememorados en tantos relatos que leemos en TOCOCUENTOS.
Sin olvidar por justicia, a aquellos hombres y mujeres que conocieron la mina y los vientos del salitral. Aquellos postergados que se acomodaron a la realidad soñando un horizonte mejor para sus hijos e ignorando el dolor del sacrificio inventaban la alegría.
“Hacia dónde lleva el salitre?”, se pregunta un personaje de Verónica.
Conozco a los que permanecieron cuando el mundo se derrumbó, a los que partieron y hoy escriben su nostalgia. A los que regresan, en cualquier momento, porque Tocopilla los llama desde su corazón y al llegar se preguntan como otro personaje de Verónica: “Seré un alma en pena o un árbol sin raíces junto a los otros habitantes?”
Yo nunca estuve en Tocopilla, pero la conozco a través de todos aquellos que escriben y la van contando y me invitan a amarla.
Tocopilla es para mí algo real y algo irreal, es sueño, nostalgia y leyenda, es algo así como mi propio Macondo.
Tocopilla es en TOCOCUENTOS, el amor de los tocopillanos hecho relato, porque cuando tenemos algo importante para contar, la palabra surge y se hace letra y testimonio.
No quiero terminar esta evocación sin referirme en especial a mi amiga Verónica Poblete, que ha escrito para la revista, tres hermosos cuentos, porque en Verónica, la letra se convierte en poética y la realidad, a veces cruda, en lirismo. Sus tres cuentos: “La casa vieja y azul”, “La vieja y la niña y “Hugo” , trascienden el simple relato o la anécdota y se convierten en cuento, sin dejar de ser testimonio. Ella sabe entrar en la piel de sus personajes y, por ejemplo, narrar los hechos desde la mente de una niña y convocar los duendes y la emoción, cito de “La vieja y la niña”: “Ahora ya no queda nada, todo se fue con el fuego; las cartas de amor, las fotos y su pasado. {...} Fue entonces cuando comprendí que yo estaba triste por la muerte de Lastenia.”
Logra la misma magia en: “La casa vieja y azul”: “La curiosidad y yo crecimos juntas, fue así que poco a poco, escalando la escalera descubrí que los hoyos de las calamitas del piso bajo de la casa eran más grandes que el techo entero... Por allí deambulaban los gatos que dejaban sus excrementos emblanquecidos por el sol y la sal del mar”.
Más adelante escribe: “ Han pasado muchos años desde esos tiempos {...}, de mi familia quedamos una tía, yo y la memoria de la casa”. ¡Qué bella síntesis para evocar la nostalgia!
Por eso, hoy quiero decir a Verónica, que como amiga y escritora, he vivido la emoción de ver surgir poco a poco una nueva escritora.
Quiero aprovechar esta ocasión para decirle a Verónica, aunque se enoje, la admiración y el respeto que siento por ella, por su empeño para domar las palabras y por su trabajo constante para darle, a la expresión, su cualidad más bella.
Ana Fernández.
lunes, 10 de agosto de 2009
Presentación de los TOCOCUENTOS, 30 de mayo 2009 Latinns Amerikaanse Federation, Amberes.
Patricia Veliz se dirige al público con palabras alusivas a la colección Tococuentos. Luego explica como surgió la iniciativa de presentar las revistas, a la ocasión de la salida de la N° 6 con otro cuento premiado de Verónica Poblete. Para finalizar su intervención, ella presenta a la escritora Ana Fernández que tendrá a su cargo el honor de abrir el acto.
Ana Fernández lee un texto que ha escrito para esta ocasión, en donde hace referencia a Tocopilla, a la colección de revistas y a su amiga Verónica Poblete, (integrante del taller La Marmita), quien ha sido premiada varias veces y cuyos cuentos ha sido publicados en dicha revista.Ana hace mención, en esta ocasión, a la meritoria trayectoria
de Verónica como escritora.
Ana se dirige al público y en especial a Verónica a quien desea rendir un homenaje por su coraje de vida y su esfuerzo en rendir, cada día, más bella la palabra.
La pintora argentina....... autora de los cuadros que decoran el lugar, explica el significado de los mismos.
a) Tocopilla contaminada por el humo.
b) En el segundo cuadro, el humo se convierte en ideas y las luces de la fábricas en los ojos de los innumerable lectores y creadores de Tocopilla.
Patricia solicita la presencia de Verónica Poblete y la invita hablar de los Tococuentos.
Verónica explica el origen y el propósito de los Tococuentos.
Patricia nos explica que le idea de presentar los Tococuentos es también la ocasión de hacer conocer a los presentes los cuentos de Verónica.
Verónica lee uno de sus cuentos "Diario de una párvula", publicado en el N° 6miércoles, 8 de julio de 2009
Rossana Cárcamo Serei, publica un libro de relatos, 2009
Otra integrante del grupo premiada!

Rossana Cárcamo Serei.
OTRO DÍA MÁS
Al despuntar el alba su figura apareció detrás de la ventana; su imagen presagiaba el inicio de inconclusas discusiones en mi matrimonio.
Entre la niebla y el vapor que emanaba de las alcantarillas, se acercó a paso firme. Vestía un abrigo negro y sus zapatos relucían en la penumbra de la alcoba. Entonces distinguí sus manos, las mismas que tantas veces recorrieron las circunvalaciones de mi piel, inexperta y cálida.
Cuando estuvo frente a mí, su rostro de indio, sus mejillas marcadas de cicatrices y sus ojos oscuros me incitaron a seguirlo. Dudé, vacilé entre el deber y el querer, sin embargo, mi deseo fue más poderoso que la moral. Finalmente respiré profundo y estiré mis temblorosos dedos para tocarlo. Corrí desesperada, me dejé ir con la embriaguez de los recuerdos y lo alcancé. No medí las consecuencias y me fundí en su cuerpo. Deambulé en el Mercado Central, tomé té con galletas “maría”, anduve en Metro y entregué documentos clandestinos. Rejuvenecí, los años borraron las arrugas de mi rostro y se comieron la grasa acumulada en mi cintura y en mis nalgas. ¡Qué feliz me sentía! Era yo una vez más, tenía la fuerza de la juventud en mis venas, era la militante del partido proscrito, la compañera del “tres letras”.
La primavera nos daba bendiciones, pero de pronto el frío polar y el viento lo arrebataron de mi lado, lo envolvieron en un manto de hielo, lo eliminaron y sólo dejaron una sombra difusa y dolorida en mi habitación.
Eran las 6:30 en el despertador y mi rutina retomó el relevo entre sentimientos de culpa, de pena, de vergüenza. Me levanté aturdida y preparé el desayuno del hombre con quién comparto el lecho desde hace veinte años.
_ ¡Hola Negra! ¿Cómo dormiste?
_ Bien gracias ¿y tú?
_ Bien, pero soñé que me engañabas.
Mis ojos quisieron arrancarse de sus órbitas y mi pecho inflamó el camisón de dormir. Mis manos se volvieron torpes dejando caer un platillo que esparcido en mil pedazos descubrió mi traición.
Rossana Cárcamo Serei.
Finalista del Concurso de relatos de radio Moncada en Barcelona, 2008
ESTOY CONTIGO
Carolina vino a despedirse en invierno, traía consigo un bolso y su imperturbable sonrisa. Se sentó junto a la chimenea y me entregó una carta para sus padres. Me pidió que no la olvidara y conservar siempre en algún rincón de la memoria nuestra amistad.
No quise preguntarle dónde iba, pero intuí un camino sin regreso. Ella no daba pasos a medias y sin pensar. Su rostro estaba iluminado, sin embargo, sus ojos denotaban pequeñas perlas de tristeza por el dolor que le ocasionaría a su familia.
No puedo seguir siendo cómplice del silencio, me dijo con ternura. La verdadera fortaleza de un ser humano está en enfrentar a sus demonios. Una mujer también tiene derecho a decidir, sea cual fuere la cuna en que nació. Me dio un fuerte abrazo y se marchó.
Esa tarde entregué la misiva y estoy convencida que le torció la mano al destino.
Carolina vino a despedirse en invierno, traía consigo un bolso y su imperturbable sonrisa. Se sentó junto a la chimenea y me entregó una carta para sus padres. Me pidió que no la olvidara y conservar siempre en algún rincón de la memoria nuestra amistad.
No quise preguntarle dónde iba, pero intuí un camino sin regreso. Ella no daba pasos a medias y sin pensar. Su rostro estaba iluminado, sin embargo, sus ojos denotaban pequeñas perlas de tristeza por el dolor que le ocasionaría a su familia.
No puedo seguir siendo cómplice del silencio, me dijo con ternura. La verdadera fortaleza de un ser humano está en enfrentar a sus demonios. Una mujer también tiene derecho a decidir, sea cual fuere la cuna en que nació. Me dio un fuerte abrazo y se marchó.
Esa tarde entregué la misiva y estoy convencida que le torció la mano al destino.
Rossana Cárcamo Serei.
Concurso Premio Grau Miró del IV Premio Literario de Cuentos Hiperbreves, 2008
domingo, 14 de junio de 2009
Cantar de poetas! Una provocación...Artemisa, Belmemoire, Sur, y Taller La Marmita, invitan a una perfomance poética. 24 /11/2005.
Aún un cuento finalista del concurso de la Casa Latinoamericana, 2006
EL ALFILER
Hace mucho tiempo pasé una temporada en el sur de Lima, en una pequeña población, llamada Lagunas, en medio de las dunas. Había recibido este nombre por los numerosos oasis que existen en esa región.
El bullicio, el tráfico caótico, el cansancio provocado por la humedad del invierno limeño, me llevaron a pensar que lo mejor sería vivir en el calor del desierto y en el calor humano, que ofrecen esas pequeñas poblaciones, donde cada quien, conoce a todos y el anonimato es casi imposible. Así lo hice. Me instalé en una antigua casa señorial situada frente a la laguna mayor. Los dueños habían poseído cientos de héctareas de naranjales y platanales, pero con el correr del tiempo, habían caído en la miseria. Lo único que les había quedado era la casona de rica arquitectura, aunque un poco corroída por el tiempo y la escasez de dinero.
Éramos pocos huéspedes. Aparte de mí, había unas cuatro personas más; quienes casi nunca estaban, ya que salían muy temprano y se pasaban todo el día tratando de encontrar algún vestigio de civilizaciones pasadas. Esto me convenía bien, tenía la casona prácticamente para mí sola. Allí, desde la terraza, disfrutaba la tranquilidad de la laguna y la lectura de los tres primeros tomos de La Historia General del Perú; que había recibido de mis padres junto a un antiguo alfiler de plata, que mis tatarabuelos habían encontrado en una tumba preincaica, cuando se había construído la casa en Lima. Por temor a una expropiación, no dieron jamás parte del hallazgo a las autoridades. Así fue como la tumba quedó casi intacta, enterrada en algún lugar del jardín. Los tatarabuelos no osaron despojar a la “bella durmiente” de sus pertenencias; pero la tentación fue grande. Lo único que sacaron fue el alfiler, que ajustaba el manto que envolvía a la momia y lo reemplazaron, cuidadosamente, por otro parecido; para no molestarla, dijeron.
En Lagunas sentí que en mi vida comenzaba una nueva etapa, mucho más cercana a la naturaleza, a la sobriedad de las dunas y a la magía de las antiguas culturas que habían existido en esa región. Allá el árido suelo del desierto está marcado por líneas interminables, trazos que guardan un ente sellado allí, en la tierra, presente en el aire, entre los cerros que las circundan, inalcanzable al ojo humano, porque es mucho más que un vestigio grabado en la piedra. Como pacto con “Mama Pacha”, saqué al alfiler de su encierro y lo coloqué muy cerca de mi corazón. Lo acaricié un poco, luego incrusté su cuerpo en mi manto.
El alfiler era en realidad una pieza simple. Tenía por cabeza la figurilla de un mono de colmillos pronunciados. Pero había algo especial en él, creo que eran sus ojos, con ellos el animal cobraba vida. Uno de esos fenómenos de perspectiva que el escultor había realizado a la perfección.
El paisaje relajaba mi, hasta entonces, maltratado ser. La dueña de la casona me llenaba de atenciones. En las mañanas salía a pasear. A veces cerraba los ojos y el perfume de los naranjales y de los plátanos se hacía más intenso. Luego, después de un largo trecho, llegaba al pueblo, donde me deleitaba con la simpleza casi ingenua de la gente. “Caserita cómpreme esto”, “flaquita, flaquita”, con movimientos apresurados de las manos tratando de atraerme a sus puestos. “Cómpreme esto, cómpreme esto!”. “Venga, venga yo tengo todo”, pero finalmente, no tenían casi nada. Me contaban historias y me hacían preguntas con una libertad increíble, que hubiera espantado a cualquiera. Lo extraño es que nunca se interesaron por el alfiler. Al comienzo no le di importancia, pero con el correr de los días, tal indiferencia comenzo a turbarme. Cada vez que esto sucedía, mis dedos se dirigían automáticamente al alfiler, por nerviosismo o compensación, no sabría decir. Ellos acariciaban, casi escudriñaban cada parte del pequeño animal. Entonces esperaba que alguien siguiera el movimento de mis manos y notara su presencia, pero la indiferencia era aún más grande. Misteriosamente,en esos momentos algo se caía al piso, o se escuchaba un grito, o la bocina de un carro sonaba; algo que apartaba la atención de la persona con quién estaba platicando. Entonces el alfiler se incaba en mi mano como un niño pequeño, que abraza desesperadamente a su madre en busca de consuelo. Comprensiva, aceptaba su pequeño cuerpo, aferrándose, hiriendo mi mano; en el fondo, yo estaba orgullosa de tanta afección.
En el transcurso de los días, sin embergo, esos incidentes llegaron a irritarme a tal grado, que decidí acortar mi estadía y regresar a Lima. Lo que comenzó siendo una estadía agradable se convirtió en una sensación inexplicable de amenaza. Di un paseo por el pueblo en señal de despedida y con el espíritu entristecido emprendí el camino de regreso a la casona, el trayecto era largo. A lo lejos las dunas serpenteaban, el enardecido juego de luz y sombra teñía la arena. Allí en ese trecho, entre el juego de las arenas y los naranjales, se extendía la llanura seca y polvorienta, llena de pedruscos. De vez en cuando se veían grupos de piedras blancas señalando animales de formas geométricas. Era tarde. Mi imagen se movía lenta. La noche amenazaba con caer. Apresuré mis pasos, pero la arena y la maleza atrapaban mis pies. La noche, a mis espaldas, parecía haber tomado cuerpo de mujer, una forma sonriente, que extendía su gran manto rojo sobre mí. Sentí miedo. Llevé rápidamente las manos al alfiler y éstas, entumecidas, lo apretaron tan fuerte que se incrustó en una de ellas. Ahora soy yo quien te busca -pensé. En fin, él me tenía a mí y yo a él. Mientras caminaba, un hilo de sangre marcaba el camino. Me había convertido en una espeluznante versión de Hansel y Gretel.
Cuando llegué a la casona encontré un alboroto total. La dueña de la casa corría, nerviosamente, en todas direcciones, llevando cada vez paños, toallas, alcohol. Había manchas de sangre en el piso. Dos de los turistas trataban inútilmente de contactar a algún doctor. Un accidente, me explicó nerviosamente un huésped. Uno de los jovenes, habría sido atacado por un animal salvaje, allá detrás de las dunas, en una de esas cuevas. Había sido mordido en la cabeza, de tal forma, que hasta se le había separado el cuero cabelludo del cráneo.
-No es posible -exclamó la dueña-. Los únicos animales salvajes que hay aquí son los de las líneas de Nazca -trató de sonreir, pero el ángulo de su boca no alcanzó a moverse.
–Pero, a usted, a usted qué le ha pasado!? -exclamó algo asustada.
Tuve que verme en un espejo para comprender. Mis manos estaban envueltas en sangre igual que mi cara. De inmediato busqué el alfiler pero él ya no estaba en mi manto. Volví corriendo sobre mis pasos y lo encontré entre los naranjales, sumergido hasta la mitad en un charquito de sangre. Cuando lo tomé en las manos, la figurilla me sonrió, sus ojos brillaban con la malicia del que ha pecado.
ELVA LUCAR ARIAS (peruana)
finalista
Hace mucho tiempo pasé una temporada en el sur de Lima, en una pequeña población, llamada Lagunas, en medio de las dunas. Había recibido este nombre por los numerosos oasis que existen en esa región.
El bullicio, el tráfico caótico, el cansancio provocado por la humedad del invierno limeño, me llevaron a pensar que lo mejor sería vivir en el calor del desierto y en el calor humano, que ofrecen esas pequeñas poblaciones, donde cada quien, conoce a todos y el anonimato es casi imposible. Así lo hice. Me instalé en una antigua casa señorial situada frente a la laguna mayor. Los dueños habían poseído cientos de héctareas de naranjales y platanales, pero con el correr del tiempo, habían caído en la miseria. Lo único que les había quedado era la casona de rica arquitectura, aunque un poco corroída por el tiempo y la escasez de dinero.
Éramos pocos huéspedes. Aparte de mí, había unas cuatro personas más; quienes casi nunca estaban, ya que salían muy temprano y se pasaban todo el día tratando de encontrar algún vestigio de civilizaciones pasadas. Esto me convenía bien, tenía la casona prácticamente para mí sola. Allí, desde la terraza, disfrutaba la tranquilidad de la laguna y la lectura de los tres primeros tomos de La Historia General del Perú; que había recibido de mis padres junto a un antiguo alfiler de plata, que mis tatarabuelos habían encontrado en una tumba preincaica, cuando se había construído la casa en Lima. Por temor a una expropiación, no dieron jamás parte del hallazgo a las autoridades. Así fue como la tumba quedó casi intacta, enterrada en algún lugar del jardín. Los tatarabuelos no osaron despojar a la “bella durmiente” de sus pertenencias; pero la tentación fue grande. Lo único que sacaron fue el alfiler, que ajustaba el manto que envolvía a la momia y lo reemplazaron, cuidadosamente, por otro parecido; para no molestarla, dijeron.
En Lagunas sentí que en mi vida comenzaba una nueva etapa, mucho más cercana a la naturaleza, a la sobriedad de las dunas y a la magía de las antiguas culturas que habían existido en esa región. Allá el árido suelo del desierto está marcado por líneas interminables, trazos que guardan un ente sellado allí, en la tierra, presente en el aire, entre los cerros que las circundan, inalcanzable al ojo humano, porque es mucho más que un vestigio grabado en la piedra. Como pacto con “Mama Pacha”, saqué al alfiler de su encierro y lo coloqué muy cerca de mi corazón. Lo acaricié un poco, luego incrusté su cuerpo en mi manto.
El alfiler era en realidad una pieza simple. Tenía por cabeza la figurilla de un mono de colmillos pronunciados. Pero había algo especial en él, creo que eran sus ojos, con ellos el animal cobraba vida. Uno de esos fenómenos de perspectiva que el escultor había realizado a la perfección.
El paisaje relajaba mi, hasta entonces, maltratado ser. La dueña de la casona me llenaba de atenciones. En las mañanas salía a pasear. A veces cerraba los ojos y el perfume de los naranjales y de los plátanos se hacía más intenso. Luego, después de un largo trecho, llegaba al pueblo, donde me deleitaba con la simpleza casi ingenua de la gente. “Caserita cómpreme esto”, “flaquita, flaquita”, con movimientos apresurados de las manos tratando de atraerme a sus puestos. “Cómpreme esto, cómpreme esto!”. “Venga, venga yo tengo todo”, pero finalmente, no tenían casi nada. Me contaban historias y me hacían preguntas con una libertad increíble, que hubiera espantado a cualquiera. Lo extraño es que nunca se interesaron por el alfiler. Al comienzo no le di importancia, pero con el correr de los días, tal indiferencia comenzo a turbarme. Cada vez que esto sucedía, mis dedos se dirigían automáticamente al alfiler, por nerviosismo o compensación, no sabría decir. Ellos acariciaban, casi escudriñaban cada parte del pequeño animal. Entonces esperaba que alguien siguiera el movimento de mis manos y notara su presencia, pero la indiferencia era aún más grande. Misteriosamente,en esos momentos algo se caía al piso, o se escuchaba un grito, o la bocina de un carro sonaba; algo que apartaba la atención de la persona con quién estaba platicando. Entonces el alfiler se incaba en mi mano como un niño pequeño, que abraza desesperadamente a su madre en busca de consuelo. Comprensiva, aceptaba su pequeño cuerpo, aferrándose, hiriendo mi mano; en el fondo, yo estaba orgullosa de tanta afección.
En el transcurso de los días, sin embergo, esos incidentes llegaron a irritarme a tal grado, que decidí acortar mi estadía y regresar a Lima. Lo que comenzó siendo una estadía agradable se convirtió en una sensación inexplicable de amenaza. Di un paseo por el pueblo en señal de despedida y con el espíritu entristecido emprendí el camino de regreso a la casona, el trayecto era largo. A lo lejos las dunas serpenteaban, el enardecido juego de luz y sombra teñía la arena. Allí en ese trecho, entre el juego de las arenas y los naranjales, se extendía la llanura seca y polvorienta, llena de pedruscos. De vez en cuando se veían grupos de piedras blancas señalando animales de formas geométricas. Era tarde. Mi imagen se movía lenta. La noche amenazaba con caer. Apresuré mis pasos, pero la arena y la maleza atrapaban mis pies. La noche, a mis espaldas, parecía haber tomado cuerpo de mujer, una forma sonriente, que extendía su gran manto rojo sobre mí. Sentí miedo. Llevé rápidamente las manos al alfiler y éstas, entumecidas, lo apretaron tan fuerte que se incrustó en una de ellas. Ahora soy yo quien te busca -pensé. En fin, él me tenía a mí y yo a él. Mientras caminaba, un hilo de sangre marcaba el camino. Me había convertido en una espeluznante versión de Hansel y Gretel.
Cuando llegué a la casona encontré un alboroto total. La dueña de la casa corría, nerviosamente, en todas direcciones, llevando cada vez paños, toallas, alcohol. Había manchas de sangre en el piso. Dos de los turistas trataban inútilmente de contactar a algún doctor. Un accidente, me explicó nerviosamente un huésped. Uno de los jovenes, habría sido atacado por un animal salvaje, allá detrás de las dunas, en una de esas cuevas. Había sido mordido en la cabeza, de tal forma, que hasta se le había separado el cuero cabelludo del cráneo.
-No es posible -exclamó la dueña-. Los únicos animales salvajes que hay aquí son los de las líneas de Nazca -trató de sonreir, pero el ángulo de su boca no alcanzó a moverse.
–Pero, a usted, a usted qué le ha pasado!? -exclamó algo asustada.
Tuve que verme en un espejo para comprender. Mis manos estaban envueltas en sangre igual que mi cara. De inmediato busqué el alfiler pero él ya no estaba en mi manto. Volví corriendo sobre mis pasos y lo encontré entre los naranjales, sumergido hasta la mitad en un charquito de sangre. Cuando lo tomé en las manos, la figurilla me sonrió, sus ojos brillaban con la malicia del que ha pecado.
ELVA LUCAR ARIAS (peruana)
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