sábado, 24 de enero de 2009

Fiesta de fin de curso del año 2003

de izq. a dre: Beatriz, Nora, Ana, Nuria, Rossana y Sylvia, (de pie) Osvaldo y Joël.

de izq. a der: Nuria, Rossana, Ana y Sylvia.

de izq; a der: Beatriz, Nora, Ana, Nuria y Rossana, (de pie) Osvaldo y Joël.

de izq. a der: Nora, Linet, Nuria, Rossana,, Sylvia, (de pie) Osvaldo y Joël

Nuestra llegada a Cugnon!

Pese a la lluvia y al mal tiempo: llegamos!

El paisaje que veremos durante nuestro encuentro!


Juntos, recorreremos este camino junto al río en busca de motivación!

Coco, nuestro cocinero, es un campeón!

Un rico desayuno nos espera...
Ana, la profe , nos espera con una sonrisa!

junio 2003: Stage de LA MARMITA en Cugnon

Una foto del grupo:
de izq. a der: Pablo, Nuria, Janina, Osvaldo, Beatriz, Jorge, Pepe, Rossana y Cecilia


En pleno trabajo de escritura


Unos instantes de reflexión

Nora, Elva, Joël y Pepe están inspirados.

El grupo, bien concentrado, escribe

Todos participan con gran seriedad

Cecilia busca la soledad para terminar su texto

Un momento de reposo, conversan: Osvaldo, Nora, Joël y Pepe.

******************

Jugamos a ser grandes comediantes: Quién se quedará con la herencia del conde de Cognon?

Comienzo de la representación del grupo 1
participan de izq. a der:
Elva, Pablo, Osvaldo, Janina, Rossana y Cecilia

escena segunda del grupo 1

escena tercera del grupo 1

escena cuarta del grupo 1

escena quinta del grupo 1

escena sexta del grupo 1

escena séptima del grupo 1

escena octava del grupo 1

escena novena del grupo 1

Escena final del grupo 1

Representación del grupo 2

primera escena: Jorge, Joël y Beatriz

segunda escena: Nuria, Jorge, Joël y Beatriz

Escena final del grupo 2
compuesto por:
Nuria, Jorge, Joël, Beatriz y Pepe

TEMA DEL TALLER: La herencia del conde de Cugnon

Programa:

1) realizar una serie de ejercicios para aproximar el tema
2) concluir el fin de semana improvisando una pieza de teatro (escritura)
3)representar la pieza con humor

Grupo de Amberes 2004

Cecilia recibe al grupo en su casa

de izq. a der: Milagros, Martha, Lourdes y Verónica, atrás Cecilia

de izq. a der: Milagros, Martha, Lourdes y Verónica, atrás Ana

Creación de una antena MARMITA en Amberes

de izq. a der: Janina, Guillermo, Verónica, José, María Silvia y Raquel
abajo: Ana, Marcia e Isabel


de izq. a der.:Isabel, Janina, Marcia, María Silvia y Verónica

de izq. a der: Guillermo, Raquel e Isabel

de izq. a der.: Isabel, Janina, Marcia, María Silvia y Verónica
El grupo inicial en casa de Cecilia, año 2003

Otros textos de la Antología

Vamos a Comala con Juan Rulfo

"NO OYES LADRAR LOS PERROS" (monólogo interior)


¿Qué si oigo ladrar los perros? padre... y... ¿Usted padre? ¿Los oye usted? ¡Porque yo sí!
Quizá usted no los escucha porque le tapo las orejas con mis piernas yendo sobre su lomo. ¡Ey pué que sí!

Cuando extiendo mi vista hacia lo lejos, adivinando siluetas montañosas, una pantalla al pasado se abre a la vez padre; recuerdo a mi madre llamándome para ir a apilar leña pa' prender la fogata y poner el comal pa' las tortillas; sí; yo me acuerdo, me escapaba, "eso es cosa de viejas"!, pensaba; yo soy machito y no estoy pa' esas cosas; y tú tata! que no estabas, sólo recibías las quejas de mi madre!: "Que soy desobediente"!. "Que soy más terco que un burro y...!" Pa' luego es tarde; me apoquinabas con el cuchilillo, en llegadito nomás tata! Yo creo que sin saber, verdad? que mi desobediencia era pa' no hacer el trabajo de mis hermanas; yo soy el hombre! yo mismo; y pos... por eso me "juía" pa' el monte; me pelaba allá con los otros, a jugar en el río, a nadar, a cazar, a pescar, ia aprender a ser machito, pues! y ya ve padre; así fue como aprendí a callar el dolor que me daban los chilillazos que usted me acomodaba; y a pos despuesito fue que me "malié"; pos para ser macho completo, todo un hombre "ansina", pos había que probarlo delante de todos y allí en la cantina pos uno no puede echarse pa'trás y pos hay que"fajarse". Como Dios manda! Verdá de Dios! y ya en esas pos éramos tantos que deaí pa'l Real nos "maleamos" toditos, y sin querer un día a algún pela'o de los nuestros pos...se le jué la mano, verdad? y pos malogró al cristiano...Qué dizque teniente de los cristeros! y pa' luego es tarde pos nos pelamos pa'l monte padre; a escondernos pa' que no nos pasaran por las armas o, nos llevara la bola! y aluego...ya usté sabe; el hombre es canija, así que tuvimos que aligerarles el peso a algunos cristianos; pa' poder mercar un taco aunque sea!

No, si la historia es reidiota, padre!, pero, cómo explicarle a usté que todo eso, no fue culpa mía? Yo lo que quería es que usté viera orgulloso a su hijo, y no haciendo aí, labores como vieja con naguas, echando leña pa'l comal; y usté no me escuchó nunca tata; su voz siempre tronó en el chilillo; y yo, qué podía hacer? Me volví perro rabioso nomás de tanto fuetazo! En lugar de amansarme, me enmuinaba y me volví más mula, pa'qué más que la verdá!

Mi mamacita yo la quería mucho; pero era muy estricta conmigo en tareas que no eran pa'mí; yo creo que de tanta no supo distinguir que me correspondía hacer como varón. Yo creo que así fue la cosa!

Ahora, ¿cómo le digo a usté eso? Ya ¿pa'qué? ¡Si ya me desgraciaron! ¡Ya me pasaron al baile! Mejor haría en botarme aquí y "jalarse" pa' traer un sepulturero en lugar de un "doitor"! ahora, con sus palabras me fustiga una vez más, y una vez más no escucha! ¿Qué si oigo ladrar los perros?...pos sí, pero, ya ¿pa'qué? El pueblo ya está muy lejos pa'mí.

Javier Sepúlveda Cubillos


FRAGMENTO 71 (agregar un capítulo a la novela)



Tres golpes resonaron en la puerta. Se quedó inmóvil, su pensamiento se fijó, luego se tornó hacia el cielo, luego hacia la tierra ocre, y debajo del polvo, escarbándolo, buscando una profundidad que se le escapaba. Cerrando los ojos, dio la espalda a la puerta, en un gesto que había repetido tantas veces ya.

Silencio. Un grito que salió de su interior, que logró ahogar antes de que alcanzara a escapar de su garganta. Como siempre. Parecido a un impulso de vida, muerto antes de nacer. Con el rayo de luz que invadía la habitación, penetró una porción de cielo. Otras parvadas de tordos circulaban allí. Un ruido incesante que no le dejaría nunca, una gran ansiedad, un picoteo insaciable que le comía las entrañas.

Cuando Damiana siente que la intranquilidad se le ha ido del cuerpo, no recuerda desde cuanto tiempo reposa la mano en su hombro.

-La vida nos obliga a ensayar una y otra vez el papel que nos ha otorgado, le dijo enigmáticamente la voz acoplada a la mano. Y, sin respuesta:

-Tenemos que conformarnos con nuestro destino...

María Dyada le había ofrecido donde huir. Damiana no lo quiso. Nunca creyó que el cielo le pudiera salir después de la muerte, y deseaba la muerte sin rechazar lo que sucedía. Desde esa primera vez en que entró, se sometió a lo que le pareció ser ley divina.

Pero hoy, después de que tirara al fuego el pañuelo que al Padre Rentería se le había caído al borde de la cama, María Dyada escuchó el peso del alma de su amiga cayéndose por última vez en la tierra de su patio.

Joël Vanbroeckhoven

Más textos de la Antología

En los parajes de Gabriel García Márquez

ESTEBAN

Esteban, en su pueblo, era conservador de sombras. Su tarea era muy importante y reconocida, ya que las sombras eran la prueba de la existencia de los habitantes y de las cosas.

Él controlaba que cada sombra estuviera en su lugar: al amanecer, cuando los primeros rayos de sol rompían la obscuridad y formaban sombras alargadísimas; en las mañanas, después del desayuno, cuando la gente salían a trabajar y los ancianos se acomodaban en las barandas de sus casas para dar vida al pueblo; en las tardes, cuando el viento soplaba tan fuerte, que inclinaba los árboles y empujaba las nubes y en las noches de luna llena, cuando las sombras contrastaban con el azul intenso y el reflejo de los nevados.

De vez en cuando, ocurría que algunas sombras se salían de su lugar, Esteban las empujaba cuidadosamente y si eran mansas bastaba con llamarles la atención; entonces ellas regresaban a su sitio sin poner ninguna objeción.

Un día, la sombra del eucalipto más viejo se alejó varios metros. Todo el pueblo estaba alarmado, ya que el árbol perdía sus hojas con gran rapidez, tenía un aspecto lamentable. Esteban trabajó horas y horas hasta lograr que la sombra regresara a su lugar. Sin embargo, al día siguiente, la sombra había desaparecido sin dejar rastro alguno. El viejo eucalipto estaba repleto de mariposas amarillas, que con sus frágiles alas iban posándose en los otros árboles, algunas revoloteaban sobre las cabezas de los niños. Muchos pobladores lanzaban alaridos de espanto, otros gritaban: Es la peste! Ya no había remedio.

Esteban veía horrorizado cómo las sombras se sublevaban, algunos niños, los más pequeños, corrían ya sin sombra.

Él decidió huir ante su impotencia para disciplinar las sombras. Corrió a su casa, metió en su bolsa de trabajo el pan, que el día anterior no había terminado de comer, el manual de restauración de sombras, que pertenecía a la familia desde hacía doce generaciones y el pedazo de carne seca que le habían regalado por salvar al viejo eucalipto, después, salió corriendo para que ninguna mariposa se le posara. Sospechaba que cuando trabajó con el viejo árbol se había contagiado. No pasó más de una semana que su sombra comenzó a separarse y por más que le rogó, la llamó y trató de retenerla a su lado, aquella se fue sin una lágrima en los ojos.

Esteban comprendió, entonces, que su vida llegaba a su fin. Siguió caminando hasta encontrar un lugar de hierbas frescas y se echó a dormir, sobre la arena, a orillas del mar.

Elva Lúcar Arias


ESTEBAN EL DE ARÉVALO

Arévalo es internacionalmente conocido por su concurso de feos. Cada año, en abril, espeluznantes ejemplares acuden de los lugares más remotos de la comarca para competir por el título mundial que da derecho a una semana de tournée con el circo Calatrava (como figura principal, por descontado).

Esteban vivía entregado a los preparativos del evento. Año tras año se sorprendía de la suprema fealdad de los participantes. Algunos de ellos eran tan espantosos que al paso de la comitiva, las mujeres más jóvenes -inexpertas en estos menesteres- cerraban las contraventanas para no contemplar el horripilante espectáculo; algunas se desmayaban en la plaza sin poder evitar una mueca de repugnancia; otras huían despavoridas si alguno de los concursantes les preguntaban con orgullo si habían visto, antes, un feo tan feo como él.

La imparcialidad obligada de su cargo no le impedía a Esteban tener sus favoritos aunque nunca osó imponer su voluntad al jurado. En realidad aprovechaba los tres días de pruebas eliminatorias para coleccionar las muecas más inverosímiles. Al llegar a casa las ensayaba en secreto ante el espejo de su dormitorio. Ése era su verdadero tesoro que le recordaba la inmensa suerte de haber nacido con un atractivo irresistible. Ya tenía almacenadas más de trescientas sesenta y cuatro muecas pero sabía que las más codiciadas tardaría años en conseguirlas si no ampliaba horizontes.

El último concurso que presidió Esteban batió todos los récords de asistencia y, sobre todo, de juventud. Parecía que las nuevas generaciones se estaban afeando a ritmo vertiginoso.El ganador de ese año fue el hijo de Nati. Pobre Nati, le había nacido un hijo feo, feo y cabezón! Era tan feo que el doctor, al verle asomar entre las piernas de Nati, se echó para atrás, se sentó encima de la enfermera con la mirada fija en la mata de pelo del chaval y se frotó los ojos sin hacer caso de los aullidos de Nati que no veía el momento de vengarse de su marido. De vuelta a casa, Nati, paseaba a Leoncio orgullosa en su cochecito para gemelos. Cuando los vecinos se acercaban con el ánimo de hacerle carantoñas a dos hermosos bebés, se encontraban con un pequeño hombre que apenas si dejaba ver la almohadita. Cuando iba al pediatra, la sala de espera se convertía en un número circense: unas madres disimulaban sin éxito una mueca de horror; otras se reían abiertamente con un inusitado estruendo; algunas tapaban apresuradamente a sus hijos para evitar un contagio incierto y unas pocas le solían preguntar si Leoncio ya hablaba algún idioma. Aparte de estos detalles, Leoncio parecía un niño normal si olvidamos sus berrinches. Cuando tenía hambre, sus gritos despertaban a la vendedora del kiosco de la esquina; al frutero medio sordo de la plaza que siempre se olvidaba de conectar el sonotono y hasta a Afrodita, que descansaba plácidamente en una fuente neoclásica. Los vecinos presentaron una queja formal al ayuntamiento pidiendo el traslado inmediato de Nati a una vivienda de protección oficial en el desierto o, en su defecto, el suministro gratuito de tapones para los oídos durante la infancia de Leoncio. Gracias a la popularidad de Leoncio por haber sido el ganador más joven del concurso, Nati no tuvo necesidad de volver a su casa ya que Arévalo le abrió las puertas del pueblo.

La llegada al pueblo de Leoncio coincidió con un suceso terrible de penosas consecuencias. Al hacer el recuento de las muecas conseguidas en el último concurso, Esteban cometió un error que nadie le perdonaría: dejó abierto el cofre de las muecas y una ráfaga de viento las propagó por todo el pueblo. Esteban trató en vano de alcanzar algunas de las más dañinas: el mercado, la plaza, el colegio, la iglesia y el colmado se vieron invadidos por el potente aire de fealdad.

La gente no notó ningún cambio hasta que se cruzó con un espejo. No se reconocían al principio, pero tras el estupor inicial, se llevaban las manos a la cabeza y emitían gritos ensordecedores. Esteban sabía que había abierto la caja de Pandora de las pestes ya que, la fealdad no era más que el preludio de la inseguridad, de la burla y del abatimiento. Decidió esperar a medianoche y acercarse al puerto cuando la ciudad dormía un sueño que esperaban maquillador. Robó una pequeña barca y puso rumbo a lo desconocido sin apenas conocimientos marinos. Le sorprendió una violenta tormenta que lo sumió en un eterno inconsciente.

El cuerpo de Esteban fue recogido en la playa de un pueblo vecino. Las mujeres subyugadas por su belleza, lo taparon respetuosamente y lo llevaron a un elegante depósito de cadáveres. Esteban intentó levantar cabeza para protestar por semejante frío, pero se dio cuenta de que sus músculos no respondían y de que las mujeres ignoraban sus comentarios. Lo único que lamentaba era no poder dar un beso de despedida a todas aquellas bellas plañideras.

Ana García Bello

Algunos textos de la Antología

Visitando a Neruda: Odas

ODA A LA SAL

Hada salada
alada sal
azul grano de agua
sueño dulce del limón
azúcar verde
quieta paloma magnética
grano de océano
vienes con los bolsillos llenos de chispas
a soñar quieta y cantarina
en pocillos de greda.
Poder del hambre
grito humilde
derramada luna en la harina
pan triste tu ausencia.
Hada alada
cotidiana alegría
saltan tus saladas alas
a la punta sedienta de la lengua
despertando manzanas antiguas
de estíos lejanos
transparencia pétrea
dura sed de la fiebre
duermes en la palma de mi mano
y como lágrimas repentinas
floreces.
Memoria del hombre
latido del sabor en las manzanas
murmullo en la piel
llueven granizos de diamante
en mis dedos
que bailan bajo la luz dura
de tu espejo mineral.

Sylvia Fernández



ODA AL AJO

Ajo mudo
Ajo solitario
Ajo humilde
eres
ternura blanca
dormido
en la panera.
Piel de niño,
se esconde
tu tronco
en
telaraña de espinas.
Geometría de grises
redondez imperfecta
eres
serpiente en reposo
cabellera única
como
un sol apagado.
Islitas en el aceite
desparramas
tu frescura blanca
y tu sangre
odorante
llena de hambre
la casa entera.
Ajo picante
Ajo feroz
Ajo inquieto
te ubicas
detrás
de las puertas
espantando
demonios
y almas muertas.
Dime:
Por qué te escondes
del cuchillo
que descubre
el olor de tu alma?

María Cristina Safranchik


ODA A LA GRANADA

Redondo
sol sangriento,
de tumultuoso color abierto.
Amanecer en espera
armadura dócil,
como volcán profundo
tu néctar impenetrable.
Alvéolos, colmenas,
que cierran brasas
enlazando somnolientos rubíes
en una inagotable espera.
Granada, apacigua mi sed.

Norma Luque




Introducción a la segunda Antología

A modo de presentación


Las mejores obras probablemente fluyen, pero eso sucede después que el uso del instrumento se ha convertido en una segunda naturaleza... Ezra Pound.


Este libro es el resultado de una voluntad colectiva e individual. Gestados lúdicamente en la alegría y el esfuerzo de cada uno de los integrantes del taller LA MARMITA, los escritos que componen esta antología son el producto de la experiencia acumulada de escritura y lectura en el taller; lugar donde se practica, se discute y se investiga, escapando a la tentación de la "clase magistral" de quienes creen poseer la voz iluminada sobre la literatura.


El taller propone herramientas y ofrece accesos diversos para mejor manejo de la palabra escrita. La práctica constante y el intercambio de textos incrementa en los participantes la capacidad crítica y autocrítica. El taller incita a explorar diferentes zonas de la literatura, quizá para descubrir, inesperadamente, la propia voz.


Este conjunto de trabajos que para nosotros es, sobre todo, el recuerdo de un período de camaradería en la práctica de la escritura, quizá pueda servir a aquellos que los lean como estímulo para intentar la aventura de los talleres literarios de escritura.


Con respecto a los modelos que encabezan cada sección, diremos que ofician de detonante para obligar al tallerista a asumir posiciones. La función de las consignas es servir de estímulo a la exploración, de propiciar técnicas, temáticas y estrategias. Se trata de trazar rumbos diversos, si se distorsiona en el momento de la creación, no tiene importancia, lo más importante se habrá cumplido: la escritura.


ANA FERNÁNDEZ.


Segunda Antología del taller, junio 2001

Fiesta de fin de curso 2001

de izq. a der. Ana, Pepe, Rossana, Graciela, Yolanda, Elva, Cristina, Ana, Joël, Beatriz y Coco.

Primer reportaje al grupo, Bruselas 1999

María Isabel Aguirre para radio Campus Latino de la Universidad Libre de Bruselas
de izq. a der. Beatriz, Marcela, Bruce, María Isabel, Ana y Elva.

de izq. a der. Elva, Sylvia, Cristina, Norma y Rosa.

Haikus -Antología 1996




Primera Antología LA MARMITA, 1996


Primera exposición trabajos La Marmita - Bruselas 1996.

Público y miembros del taller.

Sylvia explicando el funcionamiento del taller.

...un éxito se festeja, Marcela y Carlos lo saben...

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